Hace unos meses vi la película Latter days (Últimos días), comúnmente clasificada como “cine de temática gay”. Más allá de lo básico y marcadamente cursi de su argumento, me quedé pensando en la manera en que eran representados los estereotipos gays en los personajes, sobre todo en la figura de los enamorados (dos hombres enamorados) y de la victimización.
Resumo la película: Christian es el típico gay loca y fiestero de Los Ángeles que decide apostar a sus amigos 50 dólares a que es capaz de seducir a uno de los nuevos vecinos. Uno de estos nuevos vecinos es Aaron, un misionero mormón que todavía no ha salido del closet debido a su timidez, su juventud y la presión social de sus hermanos mormones, con los que se ha mudado para hacer servicio de evangelización. Suceden algunos enredos entre ambos, hasta que son sorprendidos in fraganti por los compañeros mormones, de modo que Aaron es enviado a casa por conducta inapropiada. Christian lo sigue y lo encuentra en el aeropuerto, se confiesan su amor y terminan en un motel, donde tiran; sin embargo, a la mañana siguiente, Aaron no está, se ha ido a casa, de modo que Christian regresa a la suya decepcionado. En casa, la congregación mormona expulsa a Aaron por inmoral (con sus padres a la cabeza). Su madre le informa de la apuesta de Christian por seducirlo, de la cual se ha enterado por los vecinos mormones de Christian. Así, Aaron intenta suicidarse. No lo consigue y es llevado a una clínica de rehabilitación para “curarse”, entre otras cosas, de su homosexualidad. Luego suceden otros enredos hasta que Aaron entiende que Christian lo ama y decide ir hasta Los Ángeles a buscarlo. Todo termina con un cursi final feliz.
Si ven la película detectarán un discurso simplista del amor: un tipo ve al otro, se tratan un par de veces y ya están enamorados al punto de que es posible un suicidio si uno cree que no es amado. Nunca vemos una verdadera problematización en esta relación sentimental, sabemos desde el inicio de la película que terminarán juntos, son demasiado predecibles. Nunca hay una exploración de la singularidad de una relación sentimental entre dos hombres (llámenlo “amor” si gustan, los que hayan tenido una relación en serio lo comprenderán). Lo malo de Latter days es que solo apreciamos una repetición de la cursilería heterosexual de las telenovelas mexicanas, pero ahora en formato gay. La superficialidad de los personajes posiciona un discurso sobre el amor demasiado inocente, plástico, simple, donde el contexto (una religión homofóbica, una vida “gay“ intrascendente, el desprecio familiar, etc.) es superado fácilmente por el “amor”, pero el “amor” como el puro sentimiento que lo puede todo. ¡Aterricemos! Lo que nos quiere vender la película es que el amor contra el mundo de estos dos personajes es capaz de vencer a todos los obstáculos sociales, políticos y psicológicos para acabar en un final feliz. Creo que la película fuerza el final feliz. O peor aún, y esto es lo que más me llamó la atención: el amor es representado como aquello que puede hacer que dos víctimas perpetuas de la sociedad heteronormativa sean felices para siempre. ¡Qué bonita mentira!
Veamos qué es lo que oculta la película.
A mi parecer lo que oculta es emprender una lucha efectiva por el respeto. Es algo así como decir: “si eres gay, lo único que necesitas para ser feliz es amar y ser amado, el resto no es importante”. Por un lado está la posición de víctima que no resiste y no lucha, que sencillamente espera adormecido a que el amor lo libere y lo haga feliz para siempre. Es una mirada ingenua sin duda, sobre todo porque el director es homosexual. Yo diría que la cursilería llega a ser contraproducente, pues lo que podemos percibir es que no hace falta tener una posición crítica sobre tu propio contexto (eso nos dice la película). Por ende, de acuerdo con la lógica de la película, no sería necesario emprender una lucha contra la sociedad heteronormativa, sino seguir siendo víctima a la vez que se disfruta de la supuesta complementariedad de un amor plástico.
No concuerdo con una posición tan inocente. Está bien enamorarse, está bien pensar en una relación a largo plazo, una vida planificada en paralelo. Eso me parece fantástico. Lo que me parece obsceno es que aún haya una representación tan estúpida del amor entre dos hombres, peor aún, reducida a la misma fórmula cursi del amor heterosexual de una telenovela. Y más sorprendente me parece que los diferentes espectadores homosexuales (de festivales de “cine de temática gay”) hayan premiado tantas veces una película que es precisamente algo no representativo de la naturaleza de una relación sentimental homosexual. Han premiado, creo yo, lo que les gustaría que sea, mas no lo que es.
El amor entre dos hombres es algo completamente distinto que el de un hombre y una mujer. Si del amor entre un hombre y una mujer no tenemos fórmulas ciertas para describirlo, del amor entre dos hombres no sabemos absolutamente nada. Quizá lo que más sepamos es que se trata de una perpetua heterogeneidad, una tensión constante por saber quién debe actuar en tal rol (provenientes de la posición del hombre y la mujer en una relación heterosexual). ¿Saben cuál es el problema? El problema es que continuamente tratamos de aferrarnos al esquema heterosexual de la relación sentimental, que poco tiene que ver con el amor entre dos hombres. Así como he dicho anteriormente que un gay puede ser todo aquello que pueda performar, lo mismo se aplica a la hora de hablar de dos gays en una relación: multipliquemos e imaginemos las distintas posibilidades y posiciones que tiene una relación entre dos hombres, algo sencillamente impredecible.
Quizá la mejor película que he visto acerca de una relación entre dos homosexuales sea Happy together del maestro Wong Kar-wai. En ella está precisamente aquello que el “cine de temática gay” oculta: la heterogeneidad, los desencuentros, las tensiones, la dificultad de entablar lazos para llevar una convivencia, y también la intensidad de las emociones, las anécdotas felices y los momentos inolvidables que dos enamorados conservan en la memoria. Quizá lo mejor de todo es que el final no es tan feliz como sugiere el título. Y creo que es lo mejor porque prepara al espectador (le da más luces) sobre lo que le espera allá afuera. Wong Kar-wai parece decir mediante su película que allá afuera, entre dos hombres, no está la bonita historia de telenovela con final feliz, ni tampoco la superación de todas las adversidades.
Quizá el “cine de temática gay” no sea más que una fachada para consumir una mentira agradable, pero mentira al fin y al cabo. Si no somos capaces de mirarnos a nosotros mismos y juzgarnos, no podremos tener una idea adecuada de nosotros, de lo que podemos y no podemos esperar de una relación sentimental, ni tampoco de revertir la situación. Quizá la verdad sea dura, pero habrá maneras de adaptarse. Hace un tiempo un amigo me consultó por algunas películas sobre gays para una proyección comentada de películas. Había visto algunos títulos que él pensaba proyectar y me parecían impresentables: la misma cursilería, el mismo argumento de dos pobres gays víctimas que sencillamente con el amor pueden superar todos los obstáculos y ser felices para siempre. ¿Quién se cree esta mierda?, le pregunté. Terminé sugiriéndole Happy together (de la que ya les hablé) y The dying gaul (El galo moribundo). Como esperaba, no le gustaron y, peor aún, las censuró en sus proyecciones. La primera porque “no tenía final feliz” y la segunda porque “dejaba a los gays como personas horribles”.
Para terminar quiero defender a la tan criticada The dying gaul. Lo que yo rechazo es que sea la representación de todos los gays. Lo que me parece es que en esta película hay una actitud diferente, la del gay empoderado que se defiende, que no se deja pisotear por la sociedad. Si el discurso típico sobre el homosexual es que debe aguantar que lo pisoteen todo el tiempo, en este caso podemos apreciar una provocadora ruptura de ese discurso: aquí el gay se defiende, se venga, demuestra que no tiene por qué ser siempre una víctima. Ya no les cuento más y los animo a verla si es que no la han visto.
Resumiendo: lo que necesitamos es empoderarnos, dejar de asumir el papel de víctimas pasivas de la sociedad que nos venden las “películas de temática gay” y más bien sentar una posición crítica sobre nuestro contexto, sin olvidarnos de empezar por nosotros mismos.
Actualización (14-XI-2010): Donald Mattos me escribe porque no encuentra demasiada información acerca de la “victimización” en el post. Bueno, por un lado reconozco que he dejado el tema como una sugerencia, pues voy a tratarlo en el próximo post “¿Cuán masoquistas somos los homosexuales?”; sin embargo, creo importante dejar claro que en este caso la victimización se manifiesta en el gusto por ser víctimas, es decir, el gusto por sufrir, por ejercer el rol del que tiene que aguantar que lo pisoteen. La victimización sería la sensación de placer y comodidad que produce ser siempre víctimas, de no empoderarse y tomar una postura crítica sobre esa situación para cambiarla. Por ejemplo, cierto sector de las organizaciones gays siempre se pintan al homosexual como “víctima de la sociedad heteronormativa” y no emprenden acciones efectivas contra esa situación o tienen una posición crítica sobre la misma. Hay un gusto inconsciente por ser siempre el abusado, el cagado, el que no puede hacer nada.
Peor aún, ese adormecimiento estaría más enquistado en películas tan populares como Latter days, donde el consuelo-mentira ante esa situación de marginación en ambos personajes sería el amor trillado y plástico, un amor que ningunea el contexto en contra de su condición de sujetos homosexuales. La victimización es ese bienestar que produce el no hacer nada, el sentirse cómodo con ser siempre una víctima del sistema.

