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Menos golpes y más leyes

16 febrero, 2011

El sábado 19 de febrero el MHOL convoca a “Besos contra la homofobia: la resistencia”, nuevamente en la Plaza Mayor, a las 5 p.m.; una especie de continuación (aunque más política) de la actividad que la tarde del 12 de febrero terminó con varios activistas golpeados de mano de policías. Más allá de que la primera parte de esta actividad se les salió de control a los organizadores (supongo que no se imaginaban semejante golpiza), lo importante para resaltar, luego de los acontecimientos, son los logros políticos de los dirigentes que han sabido tener presencia en los medios, tanto nacionales como internacionales, hacer las denuncias respectivas (comisaría, Inspectoría PNP, Defensoría del Pueblo, instancias internacionales, ONGs derechohumanistas) y sacar declaraciones favorables de parte de distintos políticos (Alan García, Susana Villarán, Carlos Bruce, Susel Paredes, Ronald Gamarra, Hernán Núñez, Javier Diez Canseco, Jorge Ramírez, etc.). Me parece estupendo que el activismo LGTB en este país evolucione del compedecimiento mutuo a la exigencia de los derechos ciudadanos, de las leyes que nos protegen.

Me pregunto, por ejemplo, qué pasaría si un grupo de heterosexuales, hombres y mujeres, se hubiera besado en las gradas de la Catedral. ¿Los policías habrían reaccionado de la misma manera? Como bien señalan algunos, ni siquiera en manifestaciones realmente provocadoras, como el lavado de la bandera, se había visto tanta brutalidad. Cipriani tiene mucho que ver, él nos adora. En la web de El Comercio hay un sinnúmero de fanáticos religiosos para quienes el problema ha sido la falta de respeto hacia los católicos en su templo; sin embargo, ese argumento no resiste el menor análisis. Para comenzar, los hechos no fueron dentro de la Catedral, sino en las afueras, en la vía pública; en segundo lugar, y como bien ha enfatizado Alan García, las libertades sexuales en este país están garantizadas por ley, de modo que si no creo en Cipriani y la religión que dice representar, no tengo por qué atenerme a sus dogmas, pues mis derechos ciudadanos prevalecen sobre cualquier disparate religioso (esto lo debieron tener bien claro los policías). Si tanto les jode a los católicos, que miren a otro lado o que se muden a Nigeria. Si temen porque sus niños van a ver “un espectáculo antinatural”, igual, miren a otro lado o métanlos en una burbuja que los aísle del mundo; si temen que los pequeñines se van a “malograr” o “convertir en homosexuales”, son unos padres pésimos e ignorantes. ¿Cómo diablos les van a explicar la sexualidad llegado el momento? ¿Cómo les van a explicar la procreación? ¿Con la historia de la gallinita? Francamente estúpido, al punto de la vergüenza ajena. Y un imbécil ejemplar es Philip Butters, con sus últimas opiniones (¿acaso no es alarmante que el conductor de un programa radial promueva la violencia?).

La indignación ante la violencia policial ha llegado incluso a medios de otros países (mientras que en el Perú muchos medios conservadores han tratado de silenciar lo sucedido). En otros países, como Francia, Estados Unidos o España, lo que sucedió es visto con bastante horror y preocupación, les recuerda lo mucho que tiene este país de tercermundista y lo mucho que todavía tenemos que luchar. Había turistas que el día de la golpiza condenaban las acciones de los policías y se llevaban una pésima impresión de Lima, la que se supone es la capital de un país en progreso. Un amigo canadiense me hizo un comentario muy gracioso, referente a la idea de república bananera que manejan los países del primer mundo sobre Latinoamérica: según él, con lo acontecido el sábado, el Perú se parece a Macondo, uno de los prototipos de pueblo sudamericano que construyó el escritor García Márquez en sus obras.

Es una buena noticia que la lucha se esté tornando más política. Por ejemplo, me parece positivo que esta mañana los dirigentes del MHOL se reunieran con las autoridades de la Policía Nacional, después de exigir el día de ayer la renuncia del ministro del Interior y del jefe de la VII DETERPROL (PNP), quienes prometieron una investigación a fondo, después que el MHOL identificara a 12 de los suboficiales que escondieron sus gafetes al agredir a los activistas el sábado. Y eso no es todo: que el lunes Susana Villarán amadrinara el matrimonio simbólico de las parejas homosexuales en el Parque Kennedy, tras haber promulgado una ordenanza municipal en contra de la discriminación sexual, además de un curso de derechos humanos para los serenos, es una noticia excelente. Sus medidas son a favor de darle justicia (balance) a un grupo desprotegido. Precisamente esto es lo que más resaltaría de lo acontecido: leyes, cosas concretas, no solo declaraciones de indignación en época electoral. Necesitamos más Susanas Villarán en la política, necesitamos muchas en el Congreso para lograr lo que nos proponemos.

Respeto a los que se van a ir al segundo “Besos contra la homofobia” (al que no voy a ir, por cierto). Sin embargo, debemos observar que, en buena cuenta, todo lo positivo que ha ocurrido tras la golpiza es un efecto de las ordenanzas de Villarán para protegernos (medidas concretas)  y de la acción política del MHOL. Pienso que lo que no debemos descuidar es precisamente la lucha política: incluso los que dicen que no necesitan pedir permiso para besarse (un lema simpático) están amparados en una ley que protege las libertades sexuales, pues si estuviéramos en Nigeria o en Irán la situación sería muy diferente. Son más medidas como estas (y su estricto cumplimiento) lo que nos hace falta. Y las leyes se consiguen por medio de los políticos a los que elegimos. Si tenemos más políticos de nuestro lado, será más fácil tener leyes que nos protejan y que reconozcan nuestros derechos.

Jorge Chávez, del MHOL, a pesar de lo crítico que fui en mi post anterior, lo difundió y defendió el activismo alegórico porque este no solo apela a la razón, sino también a los sentimientos. Respeto esa posición, pero en un contexto como este, cuando las elecciones están tan cerca, la urgencia es activismo político, de una vez por todas. El MHOL tiene alrededor de 28 años de activismo, pero sobre todo se trata de activismo alegórico, lo que ha originado que la situación no haya cambiado demasiado con respecto al reconocimiento de nuestros derechos. La enérgica respuesta que he visto desde la golpiza policial me obliga a retractarme cuando subestimé al MHOL como fuerza política, pero es ahora más que nunca cuando necesitamos que se concentren en comprarse el pleito político y no se desvíen. Estas elecciones son claves porque se habla del reconocimiento de nuestros derechos y conseguir leyes a nuestro favor es trascendental.

Algunos dicen (con razón) que en la vida cotidiana seguimos siendo discriminados, odiados, marginados. Y esto no va a cambiar mañana, ni el próximo año, sobre todo si no tenemos un salvavidas (leyes) sobre las que apoyarnos. Créanme que con una actividad tipo “Besos contra la homofobia” tampoco cambiarán mentalidades en la cotidianidad, quizás hasta las hagan más homofóbicas e intolerantes. Pero hay algo que trasciende de las creencias personales o de lo que cada quien considere moral o inmoral: la ley. Hay demasiada preocupación sobre cómo nos miran (si nos quieren, si nos odian) los que no son homosexuales y muy poca preocupación en construir nuestra protección legal con acción política. Precisamente la acción policial del sábado ha sido tan condenable y favorable hacia nuestros intereses porque no hay un razonamiento legal que sustente esa violencia, que está fuera de norma, fuera de ley.

Si quieren hacer activismo alegórico solo porque les preocupa cómo los miran o cuánto los quieren los otros, entonces habrán desperdiciado energías valiosas. Sin una ley que nos proteja los homofóbicos podrán seguir marginándonos y el Estado les dará la razón a los homofóbicos. Si quieren que un policía se lo piense muy bien antes de darles un varazo, si quieren tener la seguridad de que ante un acto discriminatorio el Estado se pondrá de su lado, entonces pensemos en hacer política y en conseguir leyes. Y no hay mejor momento para hacer política, para pensar muy bien qué nos conviene, que este escenario electoral. Si no reducimos el número de homofóbicos que entran al Congreso esta vez, será una derrota significativa, pues tendremos que esperar por los menos cinco años para pensar en que alguien reconocerá nuestros derechos, cuando este pujante y prometedor panorama se haya enfriado. Si lo reducimos, tendremos el poder para sembrar los cimientos de un país más democrático en el que, incluso si los homofóbicos no quieren, tendrán que respetar la ley que nos protege.

Les recomiendo bajar el Manual de derechos humanos aplicados a la función policial (y leer especialmente el capítulo IV, inciso B, numeral 6).

Les recomiendo visitar la web del MHOL.

Les recomiendo revisar mi propuesta de activismo político para estas elecciones.

Uniformes y sotanas

19 noviembre, 2010

¿Alguna vez se han puesto a pensar en cuáles son las instituciones más virulentamente homofóbicas? La respuesta no es tan difícil: la Iglesia y las fuerzas policiales y militares.

En el caso de las fuerzas policiales y militares el homosexual es concebido como una especie de afeminado vicioso y débil que corrompe el ideal de macho alfa que ellos dicen representar. Sin embargo, si nos ponemos a pensarlo un poco, ¿dónde se origina esta idea? No me estoy refiriendo, por cierto, al creciente número de efectivos homosexuales o bisexuales que se mueven dentro de chats y redes sociales. Sabemos muy bien que un uniforme, un matrimonio, una vocación eclesiástica o la mera paternidad no son sinónimo de heterosexualidad. Una vez más debemos fijarnos en el discurso y desarmarlo: ¿por qué enuncian este discurso las instituciones castrenses, policiales y eclesiásticas?

¿Cuáles han sido tradicionalmente los espacios aislados en donde han convivido hombres todo el tiempo sin mujeres alrededor? ¿Quiénes han comido, dormido, divertido y, en general, convivido todo el tiempo entre hombres? Ya tenemos la respuesta: los policías, los militares y los curas. ¿Esto tiene alguna relevancia? Claro que sí, sabemos muy bien que una convivencia exclusiva entre hombres genera una dinámica homoerótica: una tendencia a mirar con nuevos ojos el cuerpo masculino, ya no como aquello que se debe rechazar, en especial cuando el deseo sexual apremia.

Un amigo que hizo su residentado médico (serum) en una base militar en la sierra central me contó unas anécdotas. Una de las cosas que me contó, al ser el médico del lugar, era la severa vigilancia de los oficiales en la admisión de nuevos soldados. Según mi amigo, cualquier “sospechoso” de homosexualidad debía ser revisado por el médico. Seamos más concretos: uno de estos oficiales, dentro de su ignorancia, creía que mediante una inspección médica podía detectar quién era homosexual (pasivo). La pregunta es cómo podía detectar a los que podían hacer de activos y, sobre todo, por qué tanto control para una institución de hombres que no tienen, por esencia, inclinaciones homosexuales; es decir, que son “machos” heterosexuales y que siempre lo serán. En medio de la risa, le hice esa pregunta a mi amigo. Su respuesta fue directa: “Porque si se les escapa uno, adentro empiezan a cachárselo”. Y es por esta misma razón (que los soldados empezaran a cacharse entre sí) que los oficiales de la base implementaron el servicio de las “charlis”. Las charlis son prostitutas que atienden a toda la tropa por una módica suma que es descontada de la propina de los soldados. Ojo, esto es opcional.

Con los curas el asunto es muy similar. Conozco a algunos patas que antes de ser gays pasaron o quisieron pasar por el seminario. En las redes sociales hay muchos, encaletados, claro. A mis ojos no es algo incorrecto que un cura sea homosexual, pero de acuerdo con el discurso institucional de la Iglesia (Juan Luis Cipriani, por ejemplo) la homosexualidad es casi una abominación.

¿A qué llego con todo esto? Pues a una conclusión muy simple. La intensa e irracional homofobia de las instituciones militares y policiales, al igual que la postura oficial de la Iglesia, se debe a un temor por algo que está en casa, dentro de esas instituciones, no afuera. Los militares, policías y curas no son los opuestos absolutos de los homosexuales; por el contrario, la forma en que viven (encerrados, sin mujeres, conviviendo todo el tiempo, expuestos a situaciones homoeróticas, etc.) propician una tendencia homosexual más intensa que en cualquier otro ámbito (que en cualquier otra institución).  Vamos a decirlo más claro: las instituciones que más detestan a los homosexuales son las generan más condiciones propicias para situaciones homosexuales entre sus miembros.

¿Los homosexuales somos más promiscuos?

6 noviembre, 2010

¿Alguna vez han reparado en los requisitos de un donante de sangre? Es interesante, pues junto a las putas, están prohibidos de donar sangre aquellos hombres que mantienen o han mantenido relaciones sexuales con otros hombres. El presupuesto de esta medida es evidente: existe un riesgo importante de exposición a enfermedades de transmisión sexual en el caso de homosexuales y, por ende, un riesgo de contagio para la persona que recibirá la sangre.

Esta es una idea a la que le he dado vueltas varias veces y quizá sería interesante tener estadísticas imparciales a la mano; sin embargo, sin descartar la importancia de la estadística, mi argumento va por el lado discursivo. Hace unos años, en una clase de Psicología en la universidad, discutimos el tema con la gente del curso y el profesor, un psicólogo. La conclusión, a mi gusto, fue un tanto superficial: había un “nosequé” en los homosexuales que los hacía más propensos a ser promiscuos. Algunos de mis compañeros de clase de ese entonces señalaron que esto se debía a una compensación, originada por la marginación y la represión de los homosexuales en la vida pública, que precisamente se manifestaba en su vida privada. La compensación era ser promiscuos, nada menos. A mí me parece bastante discutible, si nos ponemos rigurosos, echarte toda la culpa a la “represión” y la “marginación”. Debo descartar desde el principio la hipótesis genetista, eso de que el homosexual “por naturaleza” es más promiscuo que el heterosexual, o que lo es porque “es hombre” y los hombres son “arrechos por naturaleza”, a diferencia de las mujeres. Yo no creo que haya mayor diferencia en la naturaleza de las personas (seas hetero, homo, bi, mujer, travesti, trans o lo que quieras performar), creo que debemos reparar más bien en el discurso.

Ordenémonos un poco. Es cierto que el acceso al sexo en el medio homosexual (bares, discotecas, videos, redes sociales, saunas, gimnasios, etc.) es mucho más sencillo, tanto que algunos lo han simplificado a un manojo de preguntas: ¿opción?, ¿edad?, ¿de dónde?, ¿tienes sitio?, etc.  Es una realidad que un homosexual consigue un encuentro sexual con más facilidad que un heterosexual. Es cuestión de echar un vistazo a cuanto chat ha aparecido en Internet. Nicknames con clara alusión sexual están por todos lados: “sexo express”, “sexo al paso” y “choque y fuga” son algunos nombres que se les dan. Lo mismo en algunos baños de supermercados, donde están apuntados correos y teléfonos de gente ofreciéndose para sexo: “mamo rico”, “culito lampiño”, “buena pinga”, etc. Yo trato de encontrar un equivalente entre los heterosexuales para estas prácticas. Sin duda algunos heterosexuales también pueden conseguir sexo con relativa facilidad, pero creo que no con tanta facilidad como lo consigue el promedio de homosexuales. El promedio de los heterosexuales, la gran mayoría podría decir, está regido por el discurso que pinta al hombre como “aprovechado”, que quiere mancillar el “pudor” de alguna mujer; o también por el discurso de que es “más hombre” si tira con más mujeres. También está ese discurso de las abuelitas de que “el hombre propone y la mujer dispone” o de que “el hombre avanza hasta donde le deja la mujer”. Hay una idea enquistada de que la mujer debe proteger su honra, su honor, su pureza y no sé qué tanta tontería. Con otras palabras: socialmente hay un discurso que dice que las mujeres que atracan sexo a la primera son putas, fáciles, de modo que los hombres no las respetarán. Y ojo, no es un discurso simple o superficial, está realmente metido en la cabeza de los miembros de esta sociedad conservadora. Muchas chicas se juran superazadas en este aspecto, sobre todo las más jovenes, pero a la hora de la verdad siguen disciplinadas por este discurso. Esto es un punto importante en nuestro argumento: debido a que socialmente las mujeres son juzgadas si se acuestan sin tanto preámbulo con un hombre, el sexo entre heterosexuales se hace más complicado, requiere más pasos y, por ende, las chances de conseguirlo son menores. Esto me hace acordar a un amigo bisexual, a quien alguna vez le pregunté cuál era para él la diferencia principal de tirar con un hombre y de tirar con una mujer: Es simple, me dijo, con hombres gastas menos y tiras más. Tampoco habría que descuidar ese punto: cuán importante es el dinero en la dinámica del sexo entre homosexuales. ¿No son acaso los homosexuales sujetos económicamente más activos que los heterosexuales que, por ejemplo, crían hijos?

Tratemos de encontrar equivalencias. Un heterosexual puede pagar por sexo en un night club o en un prostíbulo. Un homosexual puede pagar por sexo, pero no hay un espacio exclusivamente diseñado para tal fin. No se me ocurre un prostíbulo de homosexuales (me acuerdo de la película y la novela “La virgen de los sicarios”), a lo mucho los cines porno en donde algunos travestis ofrecen sus servicios a los parroquianos arrechos. Claro, este es un mundo de heterosexuales, de sujetos masculinos. No son muchos los prostíbulos para mujeres que se me ocurren, por ejemplo. Pero de hecho son más o más visibles que los inexistentes prostíbulos de homosexuales. Es cierto, hay escorts en los periódicos, en las páginas de anuncios, en las redes sociales; pero también hay putas y putos para heterosexuales, hombres y mujeres, en esos medios.

Sigamos con las equivalencias. Hace poco recibí en mi correo una invitación para una fiesta pública que presentaba sexo en vivo como función especial (sexo entre hombres, claro). Más allá de lo que me puede parecer algo así, me pongo a pensar en un equivalente para heterosexuales. ¿Hay un evento público que presente sexo en vivo? Quizá haya shows en vivo en algún night club, ¿pero realmente hay un evento público, una fiesta, en donde haya sexo en vivo entre un hombre y una mujer? Una persona me dijo que esto se debía a que los hombres heterosexuales no querían ver a otros hombres teniendo sexo (solo a mujeres), mientras que los homosexuales sí deseaban ver a dos hombres tirando. Esto me parece absurdo, pues si fuera de esa manera no existiría la pornografía heterosexual, donde no solo hay studs follando flacas, sino también panzones y viejos haciéndolo. A diferencia de lo que se podría pensar, cada vez los actores de los videos porno hetero son más feos, más panzones y menos pingones (tengo un amigo que realizó un ensayo sobre la naturalización de la pornografía heterosexual, trataré de que me deje postear algunos alcances de su trabajo).

En fin, una vez más no dejo conclusiones, pero sí varios temas abiertos que cada quien debe pensar por su cuenta. Lo que a mí me parece, o lo que podría explicar esta promiscuidad mayor de los homosexuales, es el énfasis del discurso del sexo al que los homosexuales están expuestos. El énfasis es el siguiente: en buena cuenta me parece que el homosexual ha sido delineado por aquellos que ofrecen productos y servicios (fiestas o lugares de “entretenimiento”, por ejemplo) como un consumidor de sexo. Así de duro. Un consumidor de sexo, de espectáculos, de medicinas, de juguetes, de lugares, de actividades (pajas, orgías, campamentos de sexo, fraternidades que se reúnen para follar), pero todas relacionadas con sexo. Es cierto que entre los heterosexuales esto también se da, pero creo que en el medio homosexual esto está re-concentrado, hay un bombardeo del discurso del sexo que impregna prácticamente todas las actividades que puede realizar un homosexual. El “nosequé” de los homosexuales es el discurso del sexo, de hacer del homosexual un consumidor de sexo. Me pongo a revisar las invitaciones que me llegan y encuentro que todas tienen que ver con sexo en alguna medida.

No niego que el sexo sea algo riquísimo y tampoco me hago el santo, pero quizá habría que pensar un poco en qué conseguimos estando prohibidos de donar sangre (al lado de las y los trabajadores sexuales, nada menos), por citar un ejemplo. ¿Cuál nuestra imagen de salud con respecto a la sociedad en la que nos movemos? ¿No es acaso una buena idea demostrar otros aspectos en los que un homosexual puede manifestarse con plenitud y salir de una clasificación que no lo pinta muy bien?


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