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La feminización del homosexual y el monopolio de la masculinidad

24 febrero, 2011

La feminización de los homosexuales como hecho “natural” es una mentira. Se trata de la más grande imposición del poder heteronormativo (religión, legislación, moral, medios de comunicación, etc.), un proceso de siglos que tiene sus orígenes en civilizaciones en las que la heterosexualidad es pensada como paradigma excluyente, al punto que cualquier otra configuración de la orientación sexual es “anormal” o “antinatural”. Hablo de civilizaciones como la hebrea, donde la homosexualidad era (o es) vista con muy malos ojos, a diferencia de civilizaciones como la griega o la romana (antes de que se cristianizara). Para nuestra mala suerte, la civilización hebrea produjo la Biblia, un libro fetiche lleno de frases homofóbicas. Para nuestra mala suerte, la civilización hebrea configuró la moral judía, la que a su vez configuró la cristiana. El imperio romano se hizo cristiano y desde ese momento la historia de Occidente asumió todos los paradigmas heteronormativos de la cultura hebrea, de tal modo que en la conquista lo que los españoles trajeron fue la misión de evangelizar el Nuevo Mundo con la Biblia.

¿Pero cómo funciona el poder heteronormativo?

Se inicia cuando los cuerpos humanos empezaron a ser disciplinados por el lenguaje, mediante mandatos. El poder hetenormativo empezó a usar el lenguaje para construir mandatos tipo “los hombres son así”, “los hombres hacen esto” o “las mujeres son así”, “las mujeres hacen esto”. El poder heteronormativo construyó la idea de “masculinidad” como el paradigma de poder, utilidad y fuerza exclusiva de los hombres; mientras que la “feminidad”, para las mujeres, fue la negación absoluta de esos atributos “masculinos”: sometimiento, inutilidad, debilidad. Esa oposición implicaba que la unión era la total complementariedad. Desde ese momento la configuración de la sexualidad quedó dividida entre macho y hembra, hombre y mujer, poder y sometimiento. No es gratuito que libros fetiche como la Biblia sean tan misóginos: la mujer es percibida como un ser bastante inútil, un “sub-hombre”, cuya única función o razón de existencia es parir hijos para perpetuar la especie. Tampoco es gratuito que durante siglos a las mujeres se les asignara roles relacionados con la belleza, pues para el poder hetenormativo machista no era necesario que las mujeres hicieran cosas útiles, era suficiente que se vieran bonitas (piensen en “La bella durmiente” y otros cuentos clásicos).

En esta lógica macho-hembra ya podemos plantear el “problema homosexual”. Como ustedes saben, los homosexuales hemos existido en todas las épocas y en todas las culturas, de modo que debemos hacernos una pregunta: ¿Cómo interpretaron, dentro de esta lógica heteronormativa, la homosexualidad? Supongo que a estas alturas las identidades como “la machona” o “el maricón” nos dan muchas pistas. La figura de la machona es la versión de la homosexualidad de “las mujeres” en la lógica heteronormativa, mientras que el maricón es su versión en “los hombres”. En ambos casos, el poder heteronormativo deja claro que estos son “errores” o anomalías, al punto que cancela otras posibilidades (una lesbiana femenina o un gay masculino, por citar solo dos ejemplos).  Me interesa profundizar en “el maricón” como personaje femenino, pues es el tema de este post.

“El maricón”, como “la machona”, puede ser entendido como un sujeto de un sexo que quiere ser de otro sexo (la no correspondencia entre sexo y genital se la dejo a los fanáticos de Butler). El maricón, según esta lógica, es el hombre que quiere ser mujer o el hombre que actúa como mujer. Pero bien, ¿ustedes creen que el poder heteronormativo iba a construir esta homosexualidad sin darle una carga negativa? Evidentemente no. De hecho, la feminización del homosexual tiene una fuerte carga de ridiculización. Cuando hablamos históricamente de feminización del homosexual nos estamos refiriendo a su ridiculización. El sujeto de un sexo que quiere ser de otro sexo fue construido como algo ridículo, gracioso, patético. Esa imposibilidad siempre ha generado risa. Pienso en las subnormales obras de teatro de Ricky Tosso y también en el teatro de la Edad de oro español, o incluso el teatro colonial peruano, tipo Amar su propia muerte, de Juan Espinoza Medrano, donde apreciamos que un personaje se trasviste y solo para generar risas (o carcajadas). No es ningún secreto que los directores de teatro, sobre todo los mediocres, hacen que algún personaje de una obra se “mariconee” para generar risa ante un público difícil. Vamos a decirlo bien claro: la feminización del homosexual, el amariconamiento, fue construido con el único fin de generar risa.

En nuestro caso, la estrategia del poder heteronormativo es, en primer lugar, crear un solo tipo de homosexual (el maricón) y, en segundo lugar, hacerlo un personaje ridículo. Cualquier psicólogo sabe cuánto le afecta a un niño con poca autoestima ser el hazmerreír de su salón: sencillamente cancela muchas posibilidades de empoderarse, de verse a sí mismo como una persona más digna o capaz. Feminizar es ridiculizar y ridiculizar es someter, es una estrategia de control.

Y también es una estrategia de control asignarle, qué curiosidad, los roles históricamente asignados de las mujeres (esos roles “inútiles”). El poder heteronormativo se apoderó de la masculinidad y creó un monopolio de este para los hombres heterosexuales, de modo que dejó para los homosexuales la feminidad, propia de las mujeres heterosexuales. De aquí proviene la relación de homosexual como sinónimo de proto-mujer. Por esa razón, el “maricón” se desenvuelve en temas de belleza o apariencia (estilismo, alta costura, danza, etc.), tareas que se perciben como encantadoramente inútiles. O peor aún: sé que no todos los travestis se prostituyen, pero en este país la prostitución (si lo vemos como un oficio un tanto denigrante) sería un mandato más del poder heteronormativo hacia quien intenta llevar al máximo su identidad sexual, algo así como “puedes sentirte más mujer, pero solo te vas a dedicar a puta o a estilista”. Nada de esto es gratuito, es una estrategia de control que ha funcionado muy bien durante siglos. Hace poco discutí con una persona que pensaba (o piensa) que los travestis y transexuales, con su “visibilidad”, son los que más luchan contra el poder homofóbico-heteronormativo. En realidad, es todo lo contrario: performan exactamente lo que el sistema homofónico-hetenormativo quiere, no hay rebelión en sus actos, sino absoluto sometimiento. Podemos ser más duros: un homosexual femenino funciona siempre y cuando entre en un mundo de hombres y mujeres, donde este asume un rol de mujer en busca de hombre (de ahí el culto de algunos homosexuales hacia militares o policías, hombres casados o simplemente “machos”). Es la obediencia plena del poder heteronormativo.

En el Perú, contra lo que muchos piensan, los medios están llenos de “maricones” o de sus representaciones. No solo tenemos a un Carlos Cacho, un Peter Ferrari o un Coco Marusix, tenemos también a “las locas” de Los chistosos en RPP (incluido Fulvio Carmelo), Carlota de Lima Limón, Paolín Linlín, Kenji y un largo etcétera. Los ingenuos que creen que no hay gays “visibles” por represión o discriminación deberían encender la radio o la televisión, pues precisamente la discriminación funciona presentándolos: los gays afeminados o sus representaciones invaden los medios. Los “maricones” o afeminados son construidos por el poder heteronormativo como la única posibilidad de ser homosexual. En todas las series y novelas recientes hay un homosexual afeminado y disforzado, como para que nadie deje de notar que es homosexual; sin embargo, me pregunto por qué no hay uno varonil, aunque sea uno para variar el menú. Si dentro de los homosexuales los afeminados son una minoría, ¿por qué tienen tanto espacio en los medios? Bueno, precisamente porque los medios son un reflejo del poder heteronormativo que intenta controlar o quitarles poder a los homosexuales que podrían empoderarse. ¿Qué pasaría si hubiera al menos un homosexual masculino en la TV peruana? Por ejemplo, Beto Ortiz, aunque no es un charro mexicano, no es tan afeminado como en las imitaciones que hacen de él. El poder heteronormativo necesita feminizar a los homosexuales para controlarlos. Pero sigamos con la pregunta, ¿qué pasaría con un homosexual masculino o varonil en televisión? Probablemente sería un escándalo de grandes proporciones porque el poder heteronormativo estaría en jaque. Un homosexual masculino es un personaje transgresor porque rompe la lógica mujer-hombre del poder heteronormativo y empodera al homosexual en la categoría más preciada del hombre heterosexual: la masculinidad (el poder, la utilidad y la fuerza).

Hace unos meses hice una apuesta con mi amigo Ricardo. Preguntamos en una encuesta qué es más desagradable para la sociedad peruana: ¿un homosexual varonil o uno afeminado? Yo defendía que el varonil era el más insoportable, a diferencia de Ricardo, quien obtuvo un enorme respaldo (casi el 80% está de acuerdo con él). Sin embargo, siento desilusionarlos, pero es precisamente al contrario a lo piensa la mayoría. En los medios masivos solo hay representaciones de homosexuales afeminados, los vemos a diario, los sintonizamos y, sobre todo, nos reímos de ellos. Nos encanta ver homosexuales afeminados. La feminización del homosexual es su control, su subestimación, algo así como “estos cabritos son divertidos, me dan risa, qué graciosos que son” (exactamente la misma percepción circense que generan las ‘dignísimas’ marchas del orgullo). Entonces es falso que los homosexuales afeminados o sus representaciones sean insoportables para nosotros: nos encantan, nos dan risa, los sintonizamos, nos gusta verlos hacer “lo que saben” (chismosear, gritonear, marginarse entre sí, pelear, hacer pequeños escándalos, estilo Laura Bozzo). Sin embargo, lo que es más insoportable, al punto que ni siquiera es representado en los medios, es el homosexual varonil.

Pensemos como heterosexuales por un minuto. Cuando te presentan en televisión a un homosexual que no te corta el pelo o te ayuda a combinar la ropa, cuando es un homosexual que no vas a encontrar prostituyéndose en los cines porno, cuando no es el payaso del que te puedes reír o no es perfectamente identificable (puede ser tu pata, tu primo, tu hermano), cuando sabes que ese homosexual podría competir contigo para un puesto laboral, cuando ese homosexual puede gastar mucho más dinero que tú en viajes o en una vida más suntuaria, o cuando sencillamente ese homosexual puede atraer la mirada de tu mujer, ahí, en ese momento, ese homosexual se vuelve peligroso, intolerable, incontrolable, es un desafío a tu poder. El homosexual masculino es un desafío al poder heteronormativo, mientras que el homosexual femenino es la obediencia plena de su mandato ridiculizador.

Cuando los homosexuales afeminados creen que son libres, “tal como son”, “sin aparentar y sufrir”, se equivocan rotundamente. Obedecen un mandato heteronormativo, son tal y como quieren que sea el poder heteronormativo, son los menos libres que hay, pues su feminización impuesta les quita cualquier empoderamiento. En lugar de ser libres, reproducen exactamente la ridiculización de los medios masivos. Por otro lado, a mi parecer, una verdadera opción de ruptura contra el poder heteronormativo es la construcción de una masculinidad no heterosexual. Seguramente a algunos no les interesa (eso sería entrar en la vida de cada uno, en su historia personal, sus intereses, etc.) o simplemente no pueden. Sin embargo, para aquellos que pueden y les interesa tanto como lucha social como en su vida personal tener una posición de ruptura, una alternativa sería contrariar el monopolio de la masculinidad que ha construido el poder heteronormativo: debemos demostrar que la masculinidad no es propia o natural de los hombres heterosexuales, creernos y repetir ese cuento es relegarnos hacia las actividades o roles menos importantes, los de menos poder, los que no van a generar un cambio. Es una decisión personal.

Sobre el amor y la victimización

13 noviembre, 2010

Hace unos meses vi la película Latter days (Últimos días), comúnmente clasificada como “cine de temática gay”. Más allá de lo básico y marcadamente cursi de su argumento, me quedé pensando en la manera en que eran representados los estereotipos gays en los personajes, sobre todo en la figura de los enamorados (dos hombres enamorados) y de la victimización.

Resumo la película: Christian es el típico gay loca y fiestero de Los Ángeles que decide apostar a sus amigos 50 dólares a que es capaz de seducir a uno de los nuevos vecinos. Uno de estos nuevos vecinos es Aaron, un misionero mormón que todavía no ha salido del closet debido a su timidez, su juventud y la presión social de sus hermanos mormones, con los que se ha mudado para hacer servicio de evangelización. Suceden algunos enredos entre ambos, hasta que son sorprendidos in fraganti por los compañeros mormones, de modo que Aaron es enviado a casa por conducta inapropiada. Christian lo sigue y lo encuentra en el aeropuerto, se confiesan su amor y terminan en un motel, donde tiran; sin embargo, a la mañana siguiente, Aaron no está, se ha ido a casa, de modo que Christian regresa a la suya decepcionado. En casa, la congregación mormona expulsa a Aaron por inmoral (con sus padres a la cabeza). Su madre le informa de la apuesta de Christian  por seducirlo, de la cual se ha enterado por los vecinos mormones de Christian. Así, Aaron intenta suicidarse. No lo consigue y es llevado a una clínica de rehabilitación para “curarse”, entre otras cosas, de su homosexualidad. Luego suceden otros enredos hasta que Aaron entiende que Christian lo ama y decide ir hasta Los Ángeles a buscarlo. Todo termina con un cursi final feliz.

Si ven la película detectarán un discurso simplista del amor: un tipo ve al otro, se tratan un par de veces y ya están enamorados al punto de que es posible un suicidio si uno cree que no es amado. Nunca vemos una verdadera problematización en esta relación sentimental, sabemos desde el inicio de la película que terminarán juntos, son demasiado predecibles. Nunca hay una exploración de la singularidad de una relación sentimental entre dos hombres (llámenlo “amor” si gustan, los que hayan tenido una relación en serio lo comprenderán). Lo malo de Latter days es que solo apreciamos una repetición de la cursilería heterosexual de las telenovelas mexicanas, pero ahora en formato gay. La superficialidad de los personajes posiciona un discurso sobre el amor demasiado inocente, plástico, simple, donde el contexto (una religión homofóbica, una vida “gay“ intrascendente, el desprecio familiar, etc.) es superado fácilmente por el “amor”, pero el “amor” como el puro sentimiento que lo puede todo. ¡Aterricemos! Lo que nos quiere vender la película es que el amor contra el mundo de estos dos personajes es capaz de vencer a todos los obstáculos sociales, políticos y psicológicos para acabar en un final feliz. Creo que la película fuerza el final feliz. O peor aún, y esto es lo que más me llamó la atención: el amor es representado como aquello que puede hacer que dos víctimas perpetuas de la sociedad heteronormativa sean felices para siempre. ¡Qué bonita mentira!

Veamos qué es lo que oculta la película.

A mi parecer lo que oculta es emprender una lucha efectiva por el respeto. Es algo así como decir: “si eres gay, lo único que necesitas para ser feliz es amar y ser amado, el resto no es importante”. Por un lado está la posición de víctima que no resiste y no lucha, que sencillamente espera adormecido a que el amor lo libere y lo haga feliz para siempre. Es una mirada ingenua sin duda, sobre todo porque el director es homosexual. Yo diría que la cursilería llega a ser contraproducente, pues lo que podemos percibir es que no hace falta tener una posición crítica sobre tu propio contexto (eso nos dice la película). Por ende, de acuerdo con la lógica de la película, no sería necesario emprender una lucha contra la sociedad heteronormativa, sino seguir siendo víctima a la vez que se disfruta de la supuesta complementariedad de un amor plástico.

No concuerdo con una posición tan inocente. Está bien enamorarse, está bien pensar en una relación a largo plazo, una vida planificada en paralelo. Eso me parece fantástico. Lo que me parece obsceno es que aún haya una representación tan estúpida del amor entre dos hombres, peor aún, reducida a la misma fórmula cursi del amor heterosexual de una telenovela. Y más sorprendente me parece que los diferentes espectadores homosexuales (de festivales de “cine de temática gay”) hayan premiado tantas veces una película que es precisamente algo no representativo de la naturaleza de una relación sentimental homosexual. Han premiado, creo yo, lo que les gustaría que sea, mas no lo que es.

El amor entre dos hombres es algo completamente distinto que el de un hombre y una mujer. Si del amor entre un hombre y una mujer no tenemos fórmulas ciertas para describirlo, del amor entre dos hombres no sabemos absolutamente nada. Quizá lo que más sepamos es que se trata de una perpetua heterogeneidad, una tensión constante por saber quién debe actuar en tal rol (provenientes de la posición del hombre y la mujer en una relación heterosexual). ¿Saben cuál es el problema? El problema es que continuamente tratamos de aferrarnos al esquema heterosexual de la relación sentimental, que poco tiene que ver con el amor entre dos hombres. Así como he dicho anteriormente que un gay puede ser todo aquello que pueda performar, lo mismo se aplica a la hora de hablar de dos gays en una relación: multipliquemos e imaginemos las distintas posibilidades y posiciones que tiene una relación entre dos hombres, algo sencillamente impredecible.

Quizá la mejor película que he visto acerca de una relación entre dos homosexuales sea Happy together del maestro Wong Kar-wai. En ella está precisamente aquello que el “cine de temática gay” oculta: la heterogeneidad, los desencuentros, las tensiones, la dificultad de entablar lazos para llevar una convivencia, y también la intensidad de las emociones, las anécdotas felices y los momentos inolvidables que dos enamorados conservan en la memoria. Quizá lo mejor de todo es que el final no es tan feliz como sugiere el título. Y creo que es lo mejor porque prepara al espectador (le da más luces) sobre lo que le espera allá afuera. Wong Kar-wai parece decir mediante su película que allá afuera, entre dos hombres, no está la bonita historia de telenovela con final feliz, ni tampoco la superación de todas las adversidades.

Quizá el “cine de temática gay” no sea más que una fachada para consumir una mentira agradable, pero mentira al fin y al cabo. Si no somos capaces de mirarnos a nosotros mismos y juzgarnos, no podremos tener una idea adecuada de nosotros, de lo que podemos y no podemos esperar de una relación sentimental, ni tampoco de revertir la situación. Quizá la verdad sea dura, pero habrá maneras de adaptarse. Hace un tiempo un amigo me consultó por algunas películas sobre gays para una proyección comentada de películas. Había visto algunos títulos que él pensaba proyectar y me parecían  impresentables: la misma cursilería, el mismo argumento de dos pobres gays víctimas que sencillamente con el amor pueden superar todos los obstáculos y ser felices para siempre. ¿Quién se cree esta mierda?, le pregunté. Terminé sugiriéndole Happy together (de la que ya les hablé) y The dying gaul (El galo moribundo). Como esperaba, no le gustaron y, peor aún, las censuró en sus proyecciones. La primera porque “no tenía final feliz” y la segunda porque “dejaba a los gays como personas horribles”.

Para terminar quiero defender a la tan criticada The dying gaul. Lo que yo rechazo es que sea la representación de todos los gays. Lo que me parece es que en esta película hay una actitud diferente, la del gay empoderado que se defiende, que no se deja pisotear por la sociedad. Si el discurso típico sobre el homosexual es que debe aguantar que lo pisoteen todo el tiempo, en este caso podemos apreciar una provocadora ruptura de ese discurso: aquí el gay se defiende, se venga, demuestra que no tiene por qué ser siempre una víctima. Ya no les cuento más y los animo a verla si es que no la han visto.

Resumiendo: lo que necesitamos es empoderarnos, dejar de asumir el papel de víctimas pasivas de la sociedad que nos venden las “películas de temática gay” y más bien sentar una posición crítica sobre nuestro contexto, sin olvidarnos de empezar por nosotros mismos.

Actualización (14-XI-2010): Donald Mattos me escribe porque no encuentra demasiada información acerca de la “victimización” en el post. Bueno, por un lado reconozco que he dejado el tema como una sugerencia, pues voy a tratarlo en el próximo post “¿Cuán masoquistas somos los homosexuales?”; sin embargo, creo importante dejar claro que en este caso la victimización se manifiesta en el gusto por ser víctimas, es decir, el gusto por sufrir, por ejercer el rol del que tiene que aguantar que lo pisoteen. La victimización sería la sensación de placer y comodidad que produce ser siempre víctimas, de no empoderarse y tomar una postura crítica sobre esa situación para cambiarla. Por ejemplo, cierto sector de las organizaciones gays siempre se pintan al homosexual como “víctima de la sociedad heteronormativa” y no emprenden acciones efectivas contra esa situación o tienen una posición crítica sobre la misma. Hay un gusto inconsciente por ser siempre el abusado, el cagado, el que no puede hacer nada.

Peor aún, ese adormecimiento estaría más enquistado en películas tan populares como Latter days, donde el consuelo-mentira ante esa situación de marginación en ambos personajes sería el amor trillado y plástico, un amor que ningunea el contexto en contra de su condición de sujetos homosexuales. La victimización es ese bienestar que produce el no hacer nada, el sentirse cómodo con ser siempre una víctima del sistema.

Articulando

30 octubre, 2010

Debo agradecer a la gente que se ha tomado la molestia de leer los post de este blog. En realidad lucho con el tiempo que me queda para sentarme y escribir. Lo importante es que me siento sumamente estimulado por sus observaciones y sus críticas, pues como anuncié desde en el primer post no voy a dar conclusiones, sino propuestas y revisiones sobre aquello que no me convence del todo. Es cierto que escribo con el hígado, con las vísceras, con el corazón, con el apasionamiento con que escriben los buenos narradores y los buenos poetas; yo no pretendo elevarme como un académico que escribe impecables artículos letrados (no lo soy), ni tampoco con la falsa imparcialidad-objetividad del periodista. Esto está escrito en fácil y sí, pretendo ser polémico pero no en el sentido de la estéril magalyzación chismorreica del espectáculo. Lo que yo quiero es cuestionar los discursos que solemos cacarear con respecto a nuestra condición de homosexuales.

Este es un post que va a integrar algunas polémicas que están dispersas en el blog, en gaysperuanos.com, en mails y en el Facebook de Don Mattos. En general son ideas que nacen de las preocupaciones de personas que no están de acuerdo con mis “ideas fascistas” que “desunen la lucha contra la sociedad hostil que no deja a los gays ser felices” (cito dos mails). Me ha sorprendido ese tufo abiertamente intolerante desde sectores que proclaman precisamente la tolerancia como su bandera. Es gracioso que se intente censurarme por ser la disidencia dentro de la disidencia, por ensayar ideas “inoportunas”, “desagradables” a sus ojos. La pregunta es: ¿quién ha definido qué es oportuno e inoportuno? ¿Por qué mis ideas son más inoportunas que las de otros?

Lo primero que debo decir es que yo no hablo en representación de nadie. No hablo a nombre de los gays, tampoco a nombre de los gays de closet, ni siquiera de los varoniles. Hablo desde mi subjetividad y mi contexto, desde mi percepción del mundo, desde mis intereses. No creo en propuestas universalistas y estáticas, pues estas siempre niegan la heterogeneidad. Lo primero que he hecho es diferenciarme de los homosexuales que marchan en el gay pride. Este es un tema candente que me encanta y que voy a abordar con más fuerza a continuación (sí, una vez más). Empecemos por algo innegable: no somos iguales, no tenemos los mismos intereses, no tenemos la misma conducta: es una realidad que los homosexuales varoniles estamos mucho más integrados a la sociedad heteronormativa (conseguimos los mismos trabajos que los heterosexuales, vestimos la misma ropa, frecuentamos en buena cuenta los mismos espacios, etc.) y estamos bastante cómodos ahí. La sociedad heteronormativa está compuesta de muchos de nosotros, nos necesita, y eso se empieza a notar seriamente. También se puede decir de otra forma: es más fácil aceptar a un homosexual después de conocerlo en otros aspectos, como en el laboral, después de que has probado que eres tan valioso o tan necesario que un hetero. Después dices “ah, por cierto, soy gay” y nadie se alarma. Los tiempos han cambiado, muchachos, y eso que les cuento es mi propia experiencia en mis épocas universitarias. Ahora bien, no es el caso de un homosexual no varonil, que lamentablemente encuentra muchas más dificultades para estar integrado al sistema y que, para mi sorpresa, se caricaturiza como una especie de payaso de circo cuando sale a marchar en el gay pride: sí, señores, esa no es una forma efectiva de que la sociedad los respete y los tome en serio… Sigo pensando, como entenderán, que el gay pride es una forma de ponerse la pistola en la sien, es decir, es la manera en que los gays no varoniles se caricaturizan y perpetúan los estereotipos groseros de Paolín-lin-lin o la loca Carlota. Digámoslo más fácil: ¿a ojos de un heterosexual, qué diferencia a un drag queen o una loca del gay pride de la loca Carlota de Lima-limón? Ahí tenemos una diferencia enorme entre homosexuales varoniles y no varoniles, cuya consecuencia es la diferencia de intereses. Sí, somos diferentes y sí, tampoco buscamos lo mismo. Por lo tanto, la manera de integrarse a la sociedad y no ser discriminados va a ser diferente. En el caso de los gays varoniles no creo que haya mayor problema o necesidad alguna de participar en esa marcha circense: nosotros estamos mucho más integrados a la sociedad heteronormativa y, sobre todo, somos tan necesarios en ella como cualquier heterosexual. El problema, claro, está para los gays no varoniles, ellos sí que tienen un problema difícil de resolver: ¿cómo se van a integrar reproduciendo precisamente el mismo estereotipo que origina que no los respeten? En lugar de estar haciendo circenses e inútiles marchas (y contraproducentes, nada menos), deberían emprender acciones efectivas. Una clara manera de poner esto en práctica ocurrió hace poco: la elección de autoridades políticas. Es increíble (y diría hasta inverosímil) la cantidad de homosexuales que votaron por Lourdes Flóres, lideresa del partido más conservador y homofóbico que tenemos. Lo más grotesco es que a la hora de intercambiar ideas estas personas que votaron por el PPC no pasaban de repetir el berreo mediático en contra de Susana Villarán, quien por cierto tiene unas ideas mucho más abiertas con respecto a los derechos de los homosexuales. Si no presionamos a las autoridades políticas con acciones concretas como el voto, ¿entonces cómo diablos vamos a hacer que las cosas cambien de verdad?, ¿cómo vamos a obligar a esos partidos conservadores a moderar sus maneras coercitivas de negar derechos? Una patética marcha de circo no sirve de nada, ¿dónde están los resultados de sus grandilocuentes marchas?, ¿dónde están esos cambios sustanciales? Si ha habido cambios, y de eso estoy seguro, no ha sido por marcha alguna, sino porque este país no está aislado del resto, de modo que poco a poco van llegando las ideas que refrescan el panorama político de dinosaurios conservadores. Pero para que personas con nuevas ideas lleguen al poder es necesario que el voto represente ese interés. Bueno, no nos desviemos con el tema político.

Vuelvo al tema de la diferencia de intereses. Yo la verdad no sé cómo resolver el problema de los homosexuales no varoniles para que estén integrados al sistema. Lo que sé es que la estrategia de la victimización y de la tolerancia no ayudan. Con respecto a este segundo punto, yo no soy partidario de la tolerancia, me parece una política errada: la tolerancia propone aguantar o soportar básicamente a aquello que es “raro”, “freak”, “queer”, pero siempre considerándolo como algo “fuera” del sistema y sin ninguna posibilidad de traerlo dentro de él, negando por tanto cualquier capacidad de integrarlo. Por eso creo que no funciona, no creo que la estrategia adecuada sea siempre estar al margen, distanciarse todo el tiempo, sobre todo cuando estás pidiendo los mismos derechos de los heterosexuales. El respeto, en cambio, sí es una manera de buscar estar integrado al sistema, una búsqueda desde ambas partes, de encontrar una manera de mediar, de negociar. Una vez más: no ayudan las estrategias de convertirse en freaks o raros. Pienso en los drags o en algunos radicales militantes queer: es contraproducente salir a marchar performando la total e innegociable diferencia, sin extender puntos de apoyo, de comunicación o negociación. Creo que con eso puedo cerrar el punto con respecto a mi preferencia por el respeto antes que por la tolerancia. Ahora bien, la estrategia de mediación de los homosexuales no varoniles es una tarea que les compete a ellos, por supuesto, aquí solo he hecho un par de críticas (y quizá respuestas) a por qué su lucha no tiene muchos resultados.

Me interesa dejar en claro que no creo que ser un homosexual varonil sea mejor que ser un homosexual no varonil. Eso sería una postura jerárquica, fascista en buena cuenta. Lo que sostengo es que se trata de dos formas diferentes, performances o maneras de actuar distintas, ambas legítimas, aunque la consecuencia sea que las luchas se encaminen por rutas que no convergen demasiado. Es cierto que los homosexuales varoniles somos la mayoría, estamos más integrados (y somos más felices) en el sistema, y que no necesitamos ninguna marcha para estar “orgullosos“ de algo que nos constituye. Es como si fuera necesario marchar un día por vivir en tal distrito, por comprar en tal tienda o por comer tal comida. El caso de los homosexuales no varoniles es completamente distinto y francamente no sé cómo se integrarían (si es que les interesa) al sistema. Cierto es también que su estrategia de la tolerancia no les ha funcionado demasiado.

Una de las cosas interesantes que me está dejando este blog (con menos de una semana de creado) es que se abran debates. Don Mattos, una vez más, me pasó el link de la página de Luis Arbaiza, denominada “Cisgéneros” (pueden verla aquí). En realidad concuerdo con varias ideas, pero por supuesto no con todas. Mi principal desacuerdo es la pretensión de positivismo cientificismo para justificar su postura y clausurar todas las demás. Yo en verdad tengo muchas reservas con buscar lo “científico” de una idea. De hecho, “científico” es uno de los significantes más prostituidos de la historia humana. Su auge está en el siglo XIX. Me pongo a pensar (con Michel Foucault en La historia de la sexualidad (Tomo 1) y en La historia de la locura) en aquellas “enfermedades” que el conocimiento “científico” acuñó y sistematizó: la masturbación o la homosexualidad quizá son los ejemplos que más nos competan o sorprendan. Ni hablar del discurso “científico” que determinó que había razas “inferiores” que debían ser sometidas por razas “superiores”. Sabemos muy bien que Hitler (y en buena cuenta todos los fascismos, Musolini y Franco como los más famosos) también se apoyaban en ideas “científicas” de una “raza superior”: esa “seguridad” científica de superioridad fue la que ocasionó el Holocausto. Todo el discurso nazi es “científico”: un ejemplo escalofriante es el del ingeniero que controlaba los trenes que llevaban a los judíos a los campos de concentración. Este ingeniero nazi era sumamente eficiente, científicamente impecable, hacía que cada tren llegue y parta de su destino con exactitud. Exactitud, palabra sospechosa, palabra que se erige como superior para desacreditar a todo lo demás. Cuando le preguntaron si no tenía remordimientos por lo que estaba haciendo, dijo: “yo solo hago mi trabajo y lo hago bien”, un trabajo científico impecable, nada menos. Una vez más insisto en que “científico” es uno de los significantes más prostituidos de la historia: hasta hace unos 50 años eran discursos “científicos” los que sostenían el carácter patológico de la homosexualidad, por ejemplo. No nos olvidemos de los métodos científicos favoritos de los psiquiatras del siglo XX: lobotomías y electrochoques. Incluso ahora la ciencia psiquiátrica pretende “curar” con pastillas los problemas de la mente. No importa que tu vida sea una mierda, ni que tengas cosas pendientes por resolver, siempre habrá una pastilla para que te sientas feliz y más “normal” (hasta que se acabe el efecto, claro, y tengas que recurrir a dosis más fuertes). Ciencia entendida como exactitud (y como última palabra con respecto a algo) debe ser siempre razón de sospecha, así como de lo que es considerado “natural”.

El ejemplo suculento está en esta cita de “Sisgéneros”:

¿Qué ES SER HOMOSEXUAL?

La homosexualidad como un estado fisiológico específico, que permite responder, sexual y afectivamente hacia personas del mismo sexo anatómico. (Savic 2008, Ishai 2006) (Savic 2001), la orientación sexual no es una construcción social.
Hombre, mujer, homosexual o heterosexual, macho, hembra son condiciones biológicas, y no productos culturales.

La condición fisiológica de la homosexualidad es un estado objetivo y medible técnicamente, directa o indirectamente. (Savic 2008) (Savic 2001) (Ishai 2006)
El origen de este estado fisiológico antes de la vida adulta resulta de una combinación de factores genéticos y ambiéntales, quedando aun por dilucidar el peso de cada uno de estos factores o su rol y mecanismos de acción.
Pero, este estado fisiológico en el adulto es imposible de ser removido o alterado.
La homosexualidad es natural dado que ocurre comúnmente en todo el reino animal.

De saque estoy totalmente en contra. La homosexualidad, al igual que la heterosexualidad, la bisexualidad, la trisexualidad, la tetrasexualidad (y todo lo que surja en el futuro) no son categorías definitivas e inamovibles, y de hecho no son más que producto de discursos, una construcción social. No hay mente sin sociedad, no hay modo de responder a nada si es que no hay un discurso de por medio que te diga cómo responder. Sin un discurso no sabríamos siquiera cómo usar los genitales, ni con quién, ni en qué momento. Somos totalmente dependientes de los otros. Incluso por supervivencia, un recién nacido requiere de la sociedad, de una madre que lo alimente, de alguien que cuide de él, a diferencia de muchos animales el ser humano cuando nace es completamente vulnerable, sin otro ser humano no sobreviviría. Pero no nos desviemos. Pregunta de cajón: ¿Qué es un discurso? Un discurso, ojo, no es lo que dicen los políticos; la noción de “discurso” posestructuralista (la que estoy usando) tiene más que ver con el teatro, en este caso con un guión. Un discurso es un guión impuesto por la sociedad, es un mandato (el mandato del otro, social), constitutivo en todos los niveles. Somos meros cuerpos disciplinados por el lenguaje: “los niños con el ropón azul”, “las niñas con el ropón rosado”, “los niños no juegan con muñecas”, “no te toques, sucio”, “para tener sexo primero tienes que casarte”, “los hombres no lloran”, “las niñas no pelean”, “pórtate como una señorita”, “las personas buenas se van al cielo” y así hasta el infinito. No hay nada, nada fuera del lenguaje. Me toco los genitales y ahí está la palabra “pene”, y “pene” me remite a “órgano sexual…” y “órgano” a “parte del cuerpo…” y así hasta el infinito. Una cadena infinita de significantes: el mejor ejemplo es el diccionario. No puedo pensar en una mesa sin el significante /m-é-S-a/ instalado en mi mente. Creer en que la orientación sexual es natural es creer que hay una esencia de, por ejemplo, la “homosexualidad”. Pero en realidad qué es más heterogéneo que ser homosexual: unos son varoniles y otros no, unos son activos y otros pasivos, otros se voltean, también están los versátiles, los bisexuales, los travestis activos, los travestis modernos y los travestis de closet, los hombres casados que son violentos fornicadores en su casa y que con otro hombre son pasivos, y ese es solo el principio de un largo etcétera de categorías sumamente móviles. En el caso de los “heterosexuales” es lo mismo: hay metrosexuales que no son homosexuales, así como mujeres futbolistas que no son lesbianas, por citar dos ejemplos de un largo etcétera. De lo único que se trata es de discursos que nos disciplinan, que usamos y combinamos para definirnos en todo nivel, desde la situación más solemne hasta la más íntima (en un post próximo explicaré por qué Lacan dice que no hay relación sexual). Hay teóricas como Judith Butler que son incluso más radicales: no solo el sexo y el género son la misma cosa, sino también la identidad: una performance (una actuación) de alguno de los guiones que están en la sociedad. Hay guiones (discursos) sobre la masculinidad, otros sobre la paternidad, otros sobre la intelectualidad, otros sobre la maternidad, otros sobre la amistad, etc. Por ejemplo, en mi caso cuando dicto una clase asumo el guión del profesor recto que no deja que le hagan pendejadas en clase (también podría ser el profesor pata que se caga de risa de la primera estupidez que hacen sus alumnos), cuando estoy con mi mamá soy hijo, cuando estoy con mi sobrino soy el tío con el que juega pelota, cuando estoy con la gente de mi barrio soy un amigo más, y así otro etcétera. El caso de la orientación sexual es igual. Butler dice que todo género es travesti: la masculinidad es un discurso artificialmente construido desde la determinación de atributos que inventa como opuestos, no tiene nada de natural. La masculinidad es el discurso que determinó los atributos de la feminidad para distanciarse de ellos, para estar en oposición (binaria). De igual manera no hay algo en “sí” que determine qué es la homosexualidad, sino el contexto, la cultura, el mandato social (el mandato del otro). Te pones o usas esto, “qué marica eres”, “te ves bien maricón”, “chupas como maricón”, etc. Lo vemos en Bayly, que tiene dos hijas con una mujer que dice que ama, con un amigo homosexual al cual también dice amar y a una novia joven con la que va a tener un hijo y también dice amar. No es que Bayly sea un esquizofrénico o un farsante, sencillamente está actuando (performando) un guión determinado para cada situación y, ojo, eso lo hacemos todos, funcionar con guiones adquiridos de la sociedad. Hay un ejemplo más o menos conocido que una amiga psicóloga estudió: se trata de un importante ejecutivo de un banco que de lunes a viernes era un mataperro mujeriego enamorador de delicadas secretarías y que los fines de semana se convertía en “Sheila”, un travesti pasivo que se levantaba hombres rudos en bares adonde suelen ir obreros. Lo interesante es que luego de un tiempo esta persona se casó porque iba a tener un hijo con una chica que, según declaró en las entrevistas, amaba. No sé más de la historia porque las entrevistas terminan en ese momento de su vida. ¿Qué podemos sacar de esto? ¿Este pata acaso es un enfermo, necesita pepas para que se defina en algo de una vez por todas? Esta persona es ¿bisexual, travesti, heterocurioso, gay de closet? ¿Es hombre, mujer, homosexual, heterosexual, macho, hembra? En realidad puede serlos todos, aunque no simultáneamente. Finalmente son solo categorías de lenguaje, solo son palabras, maneras de sistematizar. ¿Cuál es el verdadero “yo”, cuál es la esencia de esta persona? Todas y ninguna. Así que eso de que la orientación sexual no es removida o alterada no es exacto, podemos jugar con nuestra orientación, es como interpretar un personaje y luego otro, y así y así hasta cansarnos de un guión y escoger otros. Obviamente esto no depende los genes, depende de innumerables factores culturales (discursivos) que, para colmo, también varían todo el tiempo. Aferrarse a la ciencia y a la naturaleza para negar el cambio y la heterogeneidad después de las ideas de Derrida es aferrarse al miedo de entender que la “realidad” es puro lenguaje, pura convención y que no hay nada natural o esencial, nada que no pueda ser removido o cuestionado. El género está disuelto porque es una convención: no hay homosexual, heterosexual y bisexual, hay todo lo que nos podamos imaginar y performar.

Si desean leer un gracioso ejemplo ilustrativo, clic acá.


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