La feminización de los homosexuales como hecho “natural” es una mentira. Se trata de la más grande imposición del poder heteronormativo (religión, legislación, moral, medios de comunicación, etc.), un proceso de siglos que tiene sus orígenes en civilizaciones en las que la heterosexualidad es pensada como paradigma excluyente, al punto que cualquier otra configuración de la orientación sexual es “anormal” o “antinatural”. Hablo de civilizaciones como la hebrea, donde la homosexualidad era (o es) vista con muy malos ojos, a diferencia de civilizaciones como la griega o la romana (antes de que se cristianizara). Para nuestra mala suerte, la civilización hebrea produjo la Biblia, un libro fetiche lleno de frases homofóbicas. Para nuestra mala suerte, la civilización hebrea configuró la moral judía, la que a su vez configuró la cristiana. El imperio romano se hizo cristiano y desde ese momento la historia de Occidente asumió todos los paradigmas heteronormativos de la cultura hebrea, de tal modo que en la conquista lo que los españoles trajeron fue la misión de evangelizar el Nuevo Mundo con la Biblia.
¿Pero cómo funciona el poder heteronormativo?
Se inicia cuando los cuerpos humanos empezaron a ser disciplinados por el lenguaje, mediante mandatos. El poder hetenormativo empezó a usar el lenguaje para construir mandatos tipo “los hombres son así”, “los hombres hacen esto” o “las mujeres son así”, “las mujeres hacen esto”. El poder heteronormativo construyó la idea de “masculinidad” como el paradigma de poder, utilidad y fuerza exclusiva de los hombres; mientras que la “feminidad”, para las mujeres, fue la negación absoluta de esos atributos “masculinos”: sometimiento, inutilidad, debilidad. Esa oposición implicaba que la unión era la total complementariedad. Desde ese momento la configuración de la sexualidad quedó dividida entre macho y hembra, hombre y mujer, poder y sometimiento. No es gratuito que libros fetiche como la Biblia sean tan misóginos: la mujer es percibida como un ser bastante inútil, un “sub-hombre”, cuya única función o razón de existencia es parir hijos para perpetuar la especie. Tampoco es gratuito que durante siglos a las mujeres se les asignara roles relacionados con la belleza, pues para el poder hetenormativo machista no era necesario que las mujeres hicieran cosas útiles, era suficiente que se vieran bonitas (piensen en “La bella durmiente” y otros cuentos clásicos).
En esta lógica macho-hembra ya podemos plantear el “problema homosexual”. Como ustedes saben, los homosexuales hemos existido en todas las épocas y en todas las culturas, de modo que debemos hacernos una pregunta: ¿Cómo interpretaron, dentro de esta lógica heteronormativa, la homosexualidad? Supongo que a estas alturas las identidades como “la machona” o “el maricón” nos dan muchas pistas. La figura de la machona es la versión de la homosexualidad de “las mujeres” en la lógica heteronormativa, mientras que el maricón es su versión en “los hombres”. En ambos casos, el poder heteronormativo deja claro que estos son “errores” o anomalías, al punto que cancela otras posibilidades (una lesbiana femenina o un gay masculino, por citar solo dos ejemplos). Me interesa profundizar en “el maricón” como personaje femenino, pues es el tema de este post.
“El maricón”, como “la machona”, puede ser entendido como un sujeto de un sexo que quiere ser de otro sexo (la no correspondencia entre sexo y genital se la dejo a los fanáticos de Butler). El maricón, según esta lógica, es el hombre que quiere ser mujer o el hombre que actúa como mujer. Pero bien, ¿ustedes creen que el poder heteronormativo iba a construir esta homosexualidad sin darle una carga negativa? Evidentemente no. De hecho, la feminización del homosexual tiene una fuerte carga de ridiculización. Cuando hablamos históricamente de feminización del homosexual nos estamos refiriendo a su ridiculización. El sujeto de un sexo que quiere ser de otro sexo fue construido como algo ridículo, gracioso, patético. Esa imposibilidad siempre ha generado risa. Pienso en las subnormales obras de teatro de Ricky Tosso y también en el teatro de la Edad de oro español, o incluso el teatro colonial peruano, tipo Amar su propia muerte, de Juan Espinoza Medrano, donde apreciamos que un personaje se trasviste y solo para generar risas (o carcajadas). No es ningún secreto que los directores de teatro, sobre todo los mediocres, hacen que algún personaje de una obra se “mariconee” para generar risa ante un público difícil. Vamos a decirlo bien claro: la feminización del homosexual, el amariconamiento, fue construido con el único fin de generar risa.
En nuestro caso, la estrategia del poder heteronormativo es, en primer lugar, crear un solo tipo de homosexual (el maricón) y, en segundo lugar, hacerlo un personaje ridículo. Cualquier psicólogo sabe cuánto le afecta a un niño con poca autoestima ser el hazmerreír de su salón: sencillamente cancela muchas posibilidades de empoderarse, de verse a sí mismo como una persona más digna o capaz. Feminizar es ridiculizar y ridiculizar es someter, es una estrategia de control.
Y también es una estrategia de control asignarle, qué curiosidad, los roles históricamente asignados de las mujeres (esos roles “inútiles”). El poder heteronormativo se apoderó de la masculinidad y creó un monopolio de este para los hombres heterosexuales, de modo que dejó para los homosexuales la feminidad, propia de las mujeres heterosexuales. De aquí proviene la relación de homosexual como sinónimo de proto-mujer. Por esa razón, el “maricón” se desenvuelve en temas de belleza o apariencia (estilismo, alta costura, danza, etc.), tareas que se perciben como encantadoramente inútiles. O peor aún: sé que no todos los travestis se prostituyen, pero en este país la prostitución (si lo vemos como un oficio un tanto denigrante) sería un mandato más del poder heteronormativo hacia quien intenta llevar al máximo su identidad sexual, algo así como “puedes sentirte más mujer, pero solo te vas a dedicar a puta o a estilista”. Nada de esto es gratuito, es una estrategia de control que ha funcionado muy bien durante siglos. Hace poco discutí con una persona que pensaba (o piensa) que los travestis y transexuales, con su “visibilidad”, son los que más luchan contra el poder homofóbico-heteronormativo. En realidad, es todo lo contrario: performan exactamente lo que el sistema homofónico-hetenormativo quiere, no hay rebelión en sus actos, sino absoluto sometimiento. Podemos ser más duros: un homosexual femenino funciona siempre y cuando entre en un mundo de hombres y mujeres, donde este asume un rol de mujer en busca de hombre (de ahí el culto de algunos homosexuales hacia militares o policías, hombres casados o simplemente “machos”). Es la obediencia plena del poder heteronormativo.
En el Perú, contra lo que muchos piensan, los medios están llenos de “maricones” o de sus representaciones. No solo tenemos a un Carlos Cacho, un Peter Ferrari o un Coco Marusix, tenemos también a “las locas” de Los chistosos en RPP (incluido Fulvio Carmelo), Carlota de Lima Limón, Paolín Linlín, Kenji y un largo etcétera. Los ingenuos que creen que no hay gays “visibles” por represión o discriminación deberían encender la radio o la televisión, pues precisamente la discriminación funciona presentándolos: los gays afeminados o sus representaciones invaden los medios. Los “maricones” o afeminados son construidos por el poder heteronormativo como la única posibilidad de ser homosexual. En todas las series y novelas recientes hay un homosexual afeminado y disforzado, como para que nadie deje de notar que es homosexual; sin embargo, me pregunto por qué no hay uno varonil, aunque sea uno para variar el menú. Si dentro de los homosexuales los afeminados son una minoría, ¿por qué tienen tanto espacio en los medios? Bueno, precisamente porque los medios son un reflejo del poder heteronormativo que intenta controlar o quitarles poder a los homosexuales que podrían empoderarse. ¿Qué pasaría si hubiera al menos un homosexual masculino en la TV peruana? Por ejemplo, Beto Ortiz, aunque no es un charro mexicano, no es tan afeminado como en las imitaciones que hacen de él. El poder heteronormativo necesita feminizar a los homosexuales para controlarlos. Pero sigamos con la pregunta, ¿qué pasaría con un homosexual masculino o varonil en televisión? Probablemente sería un escándalo de grandes proporciones porque el poder heteronormativo estaría en jaque. Un homosexual masculino es un personaje transgresor porque rompe la lógica mujer-hombre del poder heteronormativo y empodera al homosexual en la categoría más preciada del hombre heterosexual: la masculinidad (el poder, la utilidad y la fuerza).
Hace unos meses hice una apuesta con mi amigo Ricardo. Preguntamos en una encuesta qué es más desagradable para la sociedad peruana: ¿un homosexual varonil o uno afeminado? Yo defendía que el varonil era el más insoportable, a diferencia de Ricardo, quien obtuvo un enorme respaldo (casi el 80% está de acuerdo con él). Sin embargo, siento desilusionarlos, pero es precisamente al contrario a lo piensa la mayoría. En los medios masivos solo hay representaciones de homosexuales afeminados, los vemos a diario, los sintonizamos y, sobre todo, nos reímos de ellos. Nos encanta ver homosexuales afeminados. La feminización del homosexual es su control, su subestimación, algo así como “estos cabritos son divertidos, me dan risa, qué graciosos que son” (exactamente la misma percepción circense que generan las ‘dignísimas’ marchas del orgullo). Entonces es falso que los homosexuales afeminados o sus representaciones sean insoportables para nosotros: nos encantan, nos dan risa, los sintonizamos, nos gusta verlos hacer “lo que saben” (chismosear, gritonear, marginarse entre sí, pelear, hacer pequeños escándalos, estilo Laura Bozzo). Sin embargo, lo que es más insoportable, al punto que ni siquiera es representado en los medios, es el homosexual varonil.
Pensemos como heterosexuales por un minuto. Cuando te presentan en televisión a un homosexual que no te corta el pelo o te ayuda a combinar la ropa, cuando es un homosexual que no vas a encontrar prostituyéndose en los cines porno, cuando no es el payaso del que te puedes reír o no es perfectamente identificable (puede ser tu pata, tu primo, tu hermano), cuando sabes que ese homosexual podría competir contigo para un puesto laboral, cuando ese homosexual puede gastar mucho más dinero que tú en viajes o en una vida más suntuaria, o cuando sencillamente ese homosexual puede atraer la mirada de tu mujer, ahí, en ese momento, ese homosexual se vuelve peligroso, intolerable, incontrolable, es un desafío a tu poder. El homosexual masculino es un desafío al poder heteronormativo, mientras que el homosexual femenino es la obediencia plena de su mandato ridiculizador.
Cuando los homosexuales afeminados creen que son libres, “tal como son”, “sin aparentar y sufrir”, se equivocan rotundamente. Obedecen un mandato heteronormativo, son tal y como quieren que sea el poder heteronormativo, son los menos libres que hay, pues su feminización impuesta les quita cualquier empoderamiento. En lugar de ser libres, reproducen exactamente la ridiculización de los medios masivos. Por otro lado, a mi parecer, una verdadera opción de ruptura contra el poder heteronormativo es la construcción de una masculinidad no heterosexual. Seguramente a algunos no les interesa (eso sería entrar en la vida de cada uno, en su historia personal, sus intereses, etc.) o simplemente no pueden. Sin embargo, para aquellos que pueden y les interesa tanto como lucha social como en su vida personal tener una posición de ruptura, una alternativa sería contrariar el monopolio de la masculinidad que ha construido el poder heteronormativo: debemos demostrar que la masculinidad no es propia o natural de los hombres heterosexuales, creernos y repetir ese cuento es relegarnos hacia las actividades o roles menos importantes, los de menos poder, los que no van a generar un cambio. Es una decisión personal.


