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La feminización del homosexual y el monopolio de la masculinidad

24 febrero, 2011

La feminización de los homosexuales como hecho “natural” es una mentira. Se trata de la más grande imposición del poder heteronormativo (religión, legislación, moral, medios de comunicación, etc.), un proceso de siglos que tiene sus orígenes en civilizaciones en las que la heterosexualidad es pensada como paradigma excluyente, al punto que cualquier otra configuración de la orientación sexual es “anormal” o “antinatural”. Hablo de civilizaciones como la hebrea, donde la homosexualidad era (o es) vista con muy malos ojos, a diferencia de civilizaciones como la griega o la romana (antes de que se cristianizara). Para nuestra mala suerte, la civilización hebrea produjo la Biblia, un libro fetiche lleno de frases homofóbicas. Para nuestra mala suerte, la civilización hebrea configuró la moral judía, la que a su vez configuró la cristiana. El imperio romano se hizo cristiano y desde ese momento la historia de Occidente asumió todos los paradigmas heteronormativos de la cultura hebrea, de tal modo que en la conquista lo que los españoles trajeron fue la misión de evangelizar el Nuevo Mundo con la Biblia.

¿Pero cómo funciona el poder heteronormativo?

Se inicia cuando los cuerpos humanos empezaron a ser disciplinados por el lenguaje, mediante mandatos. El poder hetenormativo empezó a usar el lenguaje para construir mandatos tipo “los hombres son así”, “los hombres hacen esto” o “las mujeres son así”, “las mujeres hacen esto”. El poder heteronormativo construyó la idea de “masculinidad” como el paradigma de poder, utilidad y fuerza exclusiva de los hombres; mientras que la “feminidad”, para las mujeres, fue la negación absoluta de esos atributos “masculinos”: sometimiento, inutilidad, debilidad. Esa oposición implicaba que la unión era la total complementariedad. Desde ese momento la configuración de la sexualidad quedó dividida entre macho y hembra, hombre y mujer, poder y sometimiento. No es gratuito que libros fetiche como la Biblia sean tan misóginos: la mujer es percibida como un ser bastante inútil, un “sub-hombre”, cuya única función o razón de existencia es parir hijos para perpetuar la especie. Tampoco es gratuito que durante siglos a las mujeres se les asignara roles relacionados con la belleza, pues para el poder hetenormativo machista no era necesario que las mujeres hicieran cosas útiles, era suficiente que se vieran bonitas (piensen en “La bella durmiente” y otros cuentos clásicos).

En esta lógica macho-hembra ya podemos plantear el “problema homosexual”. Como ustedes saben, los homosexuales hemos existido en todas las épocas y en todas las culturas, de modo que debemos hacernos una pregunta: ¿Cómo interpretaron, dentro de esta lógica heteronormativa, la homosexualidad? Supongo que a estas alturas las identidades como “la machona” o “el maricón” nos dan muchas pistas. La figura de la machona es la versión de la homosexualidad de “las mujeres” en la lógica heteronormativa, mientras que el maricón es su versión en “los hombres”. En ambos casos, el poder heteronormativo deja claro que estos son “errores” o anomalías, al punto que cancela otras posibilidades (una lesbiana femenina o un gay masculino, por citar solo dos ejemplos).  Me interesa profundizar en “el maricón” como personaje femenino, pues es el tema de este post.

“El maricón”, como “la machona”, puede ser entendido como un sujeto de un sexo que quiere ser de otro sexo (la no correspondencia entre sexo y genital se la dejo a los fanáticos de Butler). El maricón, según esta lógica, es el hombre que quiere ser mujer o el hombre que actúa como mujer. Pero bien, ¿ustedes creen que el poder heteronormativo iba a construir esta homosexualidad sin darle una carga negativa? Evidentemente no. De hecho, la feminización del homosexual tiene una fuerte carga de ridiculización. Cuando hablamos históricamente de feminización del homosexual nos estamos refiriendo a su ridiculización. El sujeto de un sexo que quiere ser de otro sexo fue construido como algo ridículo, gracioso, patético. Esa imposibilidad siempre ha generado risa. Pienso en las subnormales obras de teatro de Ricky Tosso y también en el teatro de la Edad de oro español, o incluso el teatro colonial peruano, tipo Amar su propia muerte, de Juan Espinoza Medrano, donde apreciamos que un personaje se trasviste y solo para generar risas (o carcajadas). No es ningún secreto que los directores de teatro, sobre todo los mediocres, hacen que algún personaje de una obra se “mariconee” para generar risa ante un público difícil. Vamos a decirlo bien claro: la feminización del homosexual, el amariconamiento, fue construido con el único fin de generar risa.

En nuestro caso, la estrategia del poder heteronormativo es, en primer lugar, crear un solo tipo de homosexual (el maricón) y, en segundo lugar, hacerlo un personaje ridículo. Cualquier psicólogo sabe cuánto le afecta a un niño con poca autoestima ser el hazmerreír de su salón: sencillamente cancela muchas posibilidades de empoderarse, de verse a sí mismo como una persona más digna o capaz. Feminizar es ridiculizar y ridiculizar es someter, es una estrategia de control.

Y también es una estrategia de control asignarle, qué curiosidad, los roles históricamente asignados de las mujeres (esos roles “inútiles”). El poder heteronormativo se apoderó de la masculinidad y creó un monopolio de este para los hombres heterosexuales, de modo que dejó para los homosexuales la feminidad, propia de las mujeres heterosexuales. De aquí proviene la relación de homosexual como sinónimo de proto-mujer. Por esa razón, el “maricón” se desenvuelve en temas de belleza o apariencia (estilismo, alta costura, danza, etc.), tareas que se perciben como encantadoramente inútiles. O peor aún: sé que no todos los travestis se prostituyen, pero en este país la prostitución (si lo vemos como un oficio un tanto denigrante) sería un mandato más del poder heteronormativo hacia quien intenta llevar al máximo su identidad sexual, algo así como “puedes sentirte más mujer, pero solo te vas a dedicar a puta o a estilista”. Nada de esto es gratuito, es una estrategia de control que ha funcionado muy bien durante siglos. Hace poco discutí con una persona que pensaba (o piensa) que los travestis y transexuales, con su “visibilidad”, son los que más luchan contra el poder homofóbico-heteronormativo. En realidad, es todo lo contrario: performan exactamente lo que el sistema homofónico-hetenormativo quiere, no hay rebelión en sus actos, sino absoluto sometimiento. Podemos ser más duros: un homosexual femenino funciona siempre y cuando entre en un mundo de hombres y mujeres, donde este asume un rol de mujer en busca de hombre (de ahí el culto de algunos homosexuales hacia militares o policías, hombres casados o simplemente “machos”). Es la obediencia plena del poder heteronormativo.

En el Perú, contra lo que muchos piensan, los medios están llenos de “maricones” o de sus representaciones. No solo tenemos a un Carlos Cacho, un Peter Ferrari o un Coco Marusix, tenemos también a “las locas” de Los chistosos en RPP (incluido Fulvio Carmelo), Carlota de Lima Limón, Paolín Linlín, Kenji y un largo etcétera. Los ingenuos que creen que no hay gays “visibles” por represión o discriminación deberían encender la radio o la televisión, pues precisamente la discriminación funciona presentándolos: los gays afeminados o sus representaciones invaden los medios. Los “maricones” o afeminados son construidos por el poder heteronormativo como la única posibilidad de ser homosexual. En todas las series y novelas recientes hay un homosexual afeminado y disforzado, como para que nadie deje de notar que es homosexual; sin embargo, me pregunto por qué no hay uno varonil, aunque sea uno para variar el menú. Si dentro de los homosexuales los afeminados son una minoría, ¿por qué tienen tanto espacio en los medios? Bueno, precisamente porque los medios son un reflejo del poder heteronormativo que intenta controlar o quitarles poder a los homosexuales que podrían empoderarse. ¿Qué pasaría si hubiera al menos un homosexual masculino en la TV peruana? Por ejemplo, Beto Ortiz, aunque no es un charro mexicano, no es tan afeminado como en las imitaciones que hacen de él. El poder heteronormativo necesita feminizar a los homosexuales para controlarlos. Pero sigamos con la pregunta, ¿qué pasaría con un homosexual masculino o varonil en televisión? Probablemente sería un escándalo de grandes proporciones porque el poder heteronormativo estaría en jaque. Un homosexual masculino es un personaje transgresor porque rompe la lógica mujer-hombre del poder heteronormativo y empodera al homosexual en la categoría más preciada del hombre heterosexual: la masculinidad (el poder, la utilidad y la fuerza).

Hace unos meses hice una apuesta con mi amigo Ricardo. Preguntamos en una encuesta qué es más desagradable para la sociedad peruana: ¿un homosexual varonil o uno afeminado? Yo defendía que el varonil era el más insoportable, a diferencia de Ricardo, quien obtuvo un enorme respaldo (casi el 80% está de acuerdo con él). Sin embargo, siento desilusionarlos, pero es precisamente al contrario a lo piensa la mayoría. En los medios masivos solo hay representaciones de homosexuales afeminados, los vemos a diario, los sintonizamos y, sobre todo, nos reímos de ellos. Nos encanta ver homosexuales afeminados. La feminización del homosexual es su control, su subestimación, algo así como “estos cabritos son divertidos, me dan risa, qué graciosos que son” (exactamente la misma percepción circense que generan las ‘dignísimas’ marchas del orgullo). Entonces es falso que los homosexuales afeminados o sus representaciones sean insoportables para nosotros: nos encantan, nos dan risa, los sintonizamos, nos gusta verlos hacer “lo que saben” (chismosear, gritonear, marginarse entre sí, pelear, hacer pequeños escándalos, estilo Laura Bozzo). Sin embargo, lo que es más insoportable, al punto que ni siquiera es representado en los medios, es el homosexual varonil.

Pensemos como heterosexuales por un minuto. Cuando te presentan en televisión a un homosexual que no te corta el pelo o te ayuda a combinar la ropa, cuando es un homosexual que no vas a encontrar prostituyéndose en los cines porno, cuando no es el payaso del que te puedes reír o no es perfectamente identificable (puede ser tu pata, tu primo, tu hermano), cuando sabes que ese homosexual podría competir contigo para un puesto laboral, cuando ese homosexual puede gastar mucho más dinero que tú en viajes o en una vida más suntuaria, o cuando sencillamente ese homosexual puede atraer la mirada de tu mujer, ahí, en ese momento, ese homosexual se vuelve peligroso, intolerable, incontrolable, es un desafío a tu poder. El homosexual masculino es un desafío al poder heteronormativo, mientras que el homosexual femenino es la obediencia plena de su mandato ridiculizador.

Cuando los homosexuales afeminados creen que son libres, “tal como son”, “sin aparentar y sufrir”, se equivocan rotundamente. Obedecen un mandato heteronormativo, son tal y como quieren que sea el poder heteronormativo, son los menos libres que hay, pues su feminización impuesta les quita cualquier empoderamiento. En lugar de ser libres, reproducen exactamente la ridiculización de los medios masivos. Por otro lado, a mi parecer, una verdadera opción de ruptura contra el poder heteronormativo es la construcción de una masculinidad no heterosexual. Seguramente a algunos no les interesa (eso sería entrar en la vida de cada uno, en su historia personal, sus intereses, etc.) o simplemente no pueden. Sin embargo, para aquellos que pueden y les interesa tanto como lucha social como en su vida personal tener una posición de ruptura, una alternativa sería contrariar el monopolio de la masculinidad que ha construido el poder heteronormativo: debemos demostrar que la masculinidad no es propia o natural de los hombres heterosexuales, creernos y repetir ese cuento es relegarnos hacia las actividades o roles menos importantes, los de menos poder, los que no van a generar un cambio. Es una decisión personal.

Articulando

30 octubre, 2010

Debo agradecer a la gente que se ha tomado la molestia de leer los post de este blog. En realidad lucho con el tiempo que me queda para sentarme y escribir. Lo importante es que me siento sumamente estimulado por sus observaciones y sus críticas, pues como anuncié desde en el primer post no voy a dar conclusiones, sino propuestas y revisiones sobre aquello que no me convence del todo. Es cierto que escribo con el hígado, con las vísceras, con el corazón, con el apasionamiento con que escriben los buenos narradores y los buenos poetas; yo no pretendo elevarme como un académico que escribe impecables artículos letrados (no lo soy), ni tampoco con la falsa imparcialidad-objetividad del periodista. Esto está escrito en fácil y sí, pretendo ser polémico pero no en el sentido de la estéril magalyzación chismorreica del espectáculo. Lo que yo quiero es cuestionar los discursos que solemos cacarear con respecto a nuestra condición de homosexuales.

Este es un post que va a integrar algunas polémicas que están dispersas en el blog, en gaysperuanos.com, en mails y en el Facebook de Don Mattos. En general son ideas que nacen de las preocupaciones de personas que no están de acuerdo con mis “ideas fascistas” que “desunen la lucha contra la sociedad hostil que no deja a los gays ser felices” (cito dos mails). Me ha sorprendido ese tufo abiertamente intolerante desde sectores que proclaman precisamente la tolerancia como su bandera. Es gracioso que se intente censurarme por ser la disidencia dentro de la disidencia, por ensayar ideas “inoportunas”, “desagradables” a sus ojos. La pregunta es: ¿quién ha definido qué es oportuno e inoportuno? ¿Por qué mis ideas son más inoportunas que las de otros?

Lo primero que debo decir es que yo no hablo en representación de nadie. No hablo a nombre de los gays, tampoco a nombre de los gays de closet, ni siquiera de los varoniles. Hablo desde mi subjetividad y mi contexto, desde mi percepción del mundo, desde mis intereses. No creo en propuestas universalistas y estáticas, pues estas siempre niegan la heterogeneidad. Lo primero que he hecho es diferenciarme de los homosexuales que marchan en el gay pride. Este es un tema candente que me encanta y que voy a abordar con más fuerza a continuación (sí, una vez más). Empecemos por algo innegable: no somos iguales, no tenemos los mismos intereses, no tenemos la misma conducta: es una realidad que los homosexuales varoniles estamos mucho más integrados a la sociedad heteronormativa (conseguimos los mismos trabajos que los heterosexuales, vestimos la misma ropa, frecuentamos en buena cuenta los mismos espacios, etc.) y estamos bastante cómodos ahí. La sociedad heteronormativa está compuesta de muchos de nosotros, nos necesita, y eso se empieza a notar seriamente. También se puede decir de otra forma: es más fácil aceptar a un homosexual después de conocerlo en otros aspectos, como en el laboral, después de que has probado que eres tan valioso o tan necesario que un hetero. Después dices “ah, por cierto, soy gay” y nadie se alarma. Los tiempos han cambiado, muchachos, y eso que les cuento es mi propia experiencia en mis épocas universitarias. Ahora bien, no es el caso de un homosexual no varonil, que lamentablemente encuentra muchas más dificultades para estar integrado al sistema y que, para mi sorpresa, se caricaturiza como una especie de payaso de circo cuando sale a marchar en el gay pride: sí, señores, esa no es una forma efectiva de que la sociedad los respete y los tome en serio… Sigo pensando, como entenderán, que el gay pride es una forma de ponerse la pistola en la sien, es decir, es la manera en que los gays no varoniles se caricaturizan y perpetúan los estereotipos groseros de Paolín-lin-lin o la loca Carlota. Digámoslo más fácil: ¿a ojos de un heterosexual, qué diferencia a un drag queen o una loca del gay pride de la loca Carlota de Lima-limón? Ahí tenemos una diferencia enorme entre homosexuales varoniles y no varoniles, cuya consecuencia es la diferencia de intereses. Sí, somos diferentes y sí, tampoco buscamos lo mismo. Por lo tanto, la manera de integrarse a la sociedad y no ser discriminados va a ser diferente. En el caso de los gays varoniles no creo que haya mayor problema o necesidad alguna de participar en esa marcha circense: nosotros estamos mucho más integrados a la sociedad heteronormativa y, sobre todo, somos tan necesarios en ella como cualquier heterosexual. El problema, claro, está para los gays no varoniles, ellos sí que tienen un problema difícil de resolver: ¿cómo se van a integrar reproduciendo precisamente el mismo estereotipo que origina que no los respeten? En lugar de estar haciendo circenses e inútiles marchas (y contraproducentes, nada menos), deberían emprender acciones efectivas. Una clara manera de poner esto en práctica ocurrió hace poco: la elección de autoridades políticas. Es increíble (y diría hasta inverosímil) la cantidad de homosexuales que votaron por Lourdes Flóres, lideresa del partido más conservador y homofóbico que tenemos. Lo más grotesco es que a la hora de intercambiar ideas estas personas que votaron por el PPC no pasaban de repetir el berreo mediático en contra de Susana Villarán, quien por cierto tiene unas ideas mucho más abiertas con respecto a los derechos de los homosexuales. Si no presionamos a las autoridades políticas con acciones concretas como el voto, ¿entonces cómo diablos vamos a hacer que las cosas cambien de verdad?, ¿cómo vamos a obligar a esos partidos conservadores a moderar sus maneras coercitivas de negar derechos? Una patética marcha de circo no sirve de nada, ¿dónde están los resultados de sus grandilocuentes marchas?, ¿dónde están esos cambios sustanciales? Si ha habido cambios, y de eso estoy seguro, no ha sido por marcha alguna, sino porque este país no está aislado del resto, de modo que poco a poco van llegando las ideas que refrescan el panorama político de dinosaurios conservadores. Pero para que personas con nuevas ideas lleguen al poder es necesario que el voto represente ese interés. Bueno, no nos desviemos con el tema político.

Vuelvo al tema de la diferencia de intereses. Yo la verdad no sé cómo resolver el problema de los homosexuales no varoniles para que estén integrados al sistema. Lo que sé es que la estrategia de la victimización y de la tolerancia no ayudan. Con respecto a este segundo punto, yo no soy partidario de la tolerancia, me parece una política errada: la tolerancia propone aguantar o soportar básicamente a aquello que es “raro”, “freak”, “queer”, pero siempre considerándolo como algo “fuera” del sistema y sin ninguna posibilidad de traerlo dentro de él, negando por tanto cualquier capacidad de integrarlo. Por eso creo que no funciona, no creo que la estrategia adecuada sea siempre estar al margen, distanciarse todo el tiempo, sobre todo cuando estás pidiendo los mismos derechos de los heterosexuales. El respeto, en cambio, sí es una manera de buscar estar integrado al sistema, una búsqueda desde ambas partes, de encontrar una manera de mediar, de negociar. Una vez más: no ayudan las estrategias de convertirse en freaks o raros. Pienso en los drags o en algunos radicales militantes queer: es contraproducente salir a marchar performando la total e innegociable diferencia, sin extender puntos de apoyo, de comunicación o negociación. Creo que con eso puedo cerrar el punto con respecto a mi preferencia por el respeto antes que por la tolerancia. Ahora bien, la estrategia de mediación de los homosexuales no varoniles es una tarea que les compete a ellos, por supuesto, aquí solo he hecho un par de críticas (y quizá respuestas) a por qué su lucha no tiene muchos resultados.

Me interesa dejar en claro que no creo que ser un homosexual varonil sea mejor que ser un homosexual no varonil. Eso sería una postura jerárquica, fascista en buena cuenta. Lo que sostengo es que se trata de dos formas diferentes, performances o maneras de actuar distintas, ambas legítimas, aunque la consecuencia sea que las luchas se encaminen por rutas que no convergen demasiado. Es cierto que los homosexuales varoniles somos la mayoría, estamos más integrados (y somos más felices) en el sistema, y que no necesitamos ninguna marcha para estar “orgullosos“ de algo que nos constituye. Es como si fuera necesario marchar un día por vivir en tal distrito, por comprar en tal tienda o por comer tal comida. El caso de los homosexuales no varoniles es completamente distinto y francamente no sé cómo se integrarían (si es que les interesa) al sistema. Cierto es también que su estrategia de la tolerancia no les ha funcionado demasiado.

Una de las cosas interesantes que me está dejando este blog (con menos de una semana de creado) es que se abran debates. Don Mattos, una vez más, me pasó el link de la página de Luis Arbaiza, denominada “Cisgéneros” (pueden verla aquí). En realidad concuerdo con varias ideas, pero por supuesto no con todas. Mi principal desacuerdo es la pretensión de positivismo cientificismo para justificar su postura y clausurar todas las demás. Yo en verdad tengo muchas reservas con buscar lo “científico” de una idea. De hecho, “científico” es uno de los significantes más prostituidos de la historia humana. Su auge está en el siglo XIX. Me pongo a pensar (con Michel Foucault en La historia de la sexualidad (Tomo 1) y en La historia de la locura) en aquellas “enfermedades” que el conocimiento “científico” acuñó y sistematizó: la masturbación o la homosexualidad quizá son los ejemplos que más nos competan o sorprendan. Ni hablar del discurso “científico” que determinó que había razas “inferiores” que debían ser sometidas por razas “superiores”. Sabemos muy bien que Hitler (y en buena cuenta todos los fascismos, Musolini y Franco como los más famosos) también se apoyaban en ideas “científicas” de una “raza superior”: esa “seguridad” científica de superioridad fue la que ocasionó el Holocausto. Todo el discurso nazi es “científico”: un ejemplo escalofriante es el del ingeniero que controlaba los trenes que llevaban a los judíos a los campos de concentración. Este ingeniero nazi era sumamente eficiente, científicamente impecable, hacía que cada tren llegue y parta de su destino con exactitud. Exactitud, palabra sospechosa, palabra que se erige como superior para desacreditar a todo lo demás. Cuando le preguntaron si no tenía remordimientos por lo que estaba haciendo, dijo: “yo solo hago mi trabajo y lo hago bien”, un trabajo científico impecable, nada menos. Una vez más insisto en que “científico” es uno de los significantes más prostituidos de la historia: hasta hace unos 50 años eran discursos “científicos” los que sostenían el carácter patológico de la homosexualidad, por ejemplo. No nos olvidemos de los métodos científicos favoritos de los psiquiatras del siglo XX: lobotomías y electrochoques. Incluso ahora la ciencia psiquiátrica pretende “curar” con pastillas los problemas de la mente. No importa que tu vida sea una mierda, ni que tengas cosas pendientes por resolver, siempre habrá una pastilla para que te sientas feliz y más “normal” (hasta que se acabe el efecto, claro, y tengas que recurrir a dosis más fuertes). Ciencia entendida como exactitud (y como última palabra con respecto a algo) debe ser siempre razón de sospecha, así como de lo que es considerado “natural”.

El ejemplo suculento está en esta cita de “Sisgéneros”:

¿Qué ES SER HOMOSEXUAL?

La homosexualidad como un estado fisiológico específico, que permite responder, sexual y afectivamente hacia personas del mismo sexo anatómico. (Savic 2008, Ishai 2006) (Savic 2001), la orientación sexual no es una construcción social.
Hombre, mujer, homosexual o heterosexual, macho, hembra son condiciones biológicas, y no productos culturales.

La condición fisiológica de la homosexualidad es un estado objetivo y medible técnicamente, directa o indirectamente. (Savic 2008) (Savic 2001) (Ishai 2006)
El origen de este estado fisiológico antes de la vida adulta resulta de una combinación de factores genéticos y ambiéntales, quedando aun por dilucidar el peso de cada uno de estos factores o su rol y mecanismos de acción.
Pero, este estado fisiológico en el adulto es imposible de ser removido o alterado.
La homosexualidad es natural dado que ocurre comúnmente en todo el reino animal.

De saque estoy totalmente en contra. La homosexualidad, al igual que la heterosexualidad, la bisexualidad, la trisexualidad, la tetrasexualidad (y todo lo que surja en el futuro) no son categorías definitivas e inamovibles, y de hecho no son más que producto de discursos, una construcción social. No hay mente sin sociedad, no hay modo de responder a nada si es que no hay un discurso de por medio que te diga cómo responder. Sin un discurso no sabríamos siquiera cómo usar los genitales, ni con quién, ni en qué momento. Somos totalmente dependientes de los otros. Incluso por supervivencia, un recién nacido requiere de la sociedad, de una madre que lo alimente, de alguien que cuide de él, a diferencia de muchos animales el ser humano cuando nace es completamente vulnerable, sin otro ser humano no sobreviviría. Pero no nos desviemos. Pregunta de cajón: ¿Qué es un discurso? Un discurso, ojo, no es lo que dicen los políticos; la noción de “discurso” posestructuralista (la que estoy usando) tiene más que ver con el teatro, en este caso con un guión. Un discurso es un guión impuesto por la sociedad, es un mandato (el mandato del otro, social), constitutivo en todos los niveles. Somos meros cuerpos disciplinados por el lenguaje: “los niños con el ropón azul”, “las niñas con el ropón rosado”, “los niños no juegan con muñecas”, “no te toques, sucio”, “para tener sexo primero tienes que casarte”, “los hombres no lloran”, “las niñas no pelean”, “pórtate como una señorita”, “las personas buenas se van al cielo” y así hasta el infinito. No hay nada, nada fuera del lenguaje. Me toco los genitales y ahí está la palabra “pene”, y “pene” me remite a “órgano sexual…” y “órgano” a “parte del cuerpo…” y así hasta el infinito. Una cadena infinita de significantes: el mejor ejemplo es el diccionario. No puedo pensar en una mesa sin el significante /m-é-S-a/ instalado en mi mente. Creer en que la orientación sexual es natural es creer que hay una esencia de, por ejemplo, la “homosexualidad”. Pero en realidad qué es más heterogéneo que ser homosexual: unos son varoniles y otros no, unos son activos y otros pasivos, otros se voltean, también están los versátiles, los bisexuales, los travestis activos, los travestis modernos y los travestis de closet, los hombres casados que son violentos fornicadores en su casa y que con otro hombre son pasivos, y ese es solo el principio de un largo etcétera de categorías sumamente móviles. En el caso de los “heterosexuales” es lo mismo: hay metrosexuales que no son homosexuales, así como mujeres futbolistas que no son lesbianas, por citar dos ejemplos de un largo etcétera. De lo único que se trata es de discursos que nos disciplinan, que usamos y combinamos para definirnos en todo nivel, desde la situación más solemne hasta la más íntima (en un post próximo explicaré por qué Lacan dice que no hay relación sexual). Hay teóricas como Judith Butler que son incluso más radicales: no solo el sexo y el género son la misma cosa, sino también la identidad: una performance (una actuación) de alguno de los guiones que están en la sociedad. Hay guiones (discursos) sobre la masculinidad, otros sobre la paternidad, otros sobre la intelectualidad, otros sobre la maternidad, otros sobre la amistad, etc. Por ejemplo, en mi caso cuando dicto una clase asumo el guión del profesor recto que no deja que le hagan pendejadas en clase (también podría ser el profesor pata que se caga de risa de la primera estupidez que hacen sus alumnos), cuando estoy con mi mamá soy hijo, cuando estoy con mi sobrino soy el tío con el que juega pelota, cuando estoy con la gente de mi barrio soy un amigo más, y así otro etcétera. El caso de la orientación sexual es igual. Butler dice que todo género es travesti: la masculinidad es un discurso artificialmente construido desde la determinación de atributos que inventa como opuestos, no tiene nada de natural. La masculinidad es el discurso que determinó los atributos de la feminidad para distanciarse de ellos, para estar en oposición (binaria). De igual manera no hay algo en “sí” que determine qué es la homosexualidad, sino el contexto, la cultura, el mandato social (el mandato del otro). Te pones o usas esto, “qué marica eres”, “te ves bien maricón”, “chupas como maricón”, etc. Lo vemos en Bayly, que tiene dos hijas con una mujer que dice que ama, con un amigo homosexual al cual también dice amar y a una novia joven con la que va a tener un hijo y también dice amar. No es que Bayly sea un esquizofrénico o un farsante, sencillamente está actuando (performando) un guión determinado para cada situación y, ojo, eso lo hacemos todos, funcionar con guiones adquiridos de la sociedad. Hay un ejemplo más o menos conocido que una amiga psicóloga estudió: se trata de un importante ejecutivo de un banco que de lunes a viernes era un mataperro mujeriego enamorador de delicadas secretarías y que los fines de semana se convertía en “Sheila”, un travesti pasivo que se levantaba hombres rudos en bares adonde suelen ir obreros. Lo interesante es que luego de un tiempo esta persona se casó porque iba a tener un hijo con una chica que, según declaró en las entrevistas, amaba. No sé más de la historia porque las entrevistas terminan en ese momento de su vida. ¿Qué podemos sacar de esto? ¿Este pata acaso es un enfermo, necesita pepas para que se defina en algo de una vez por todas? Esta persona es ¿bisexual, travesti, heterocurioso, gay de closet? ¿Es hombre, mujer, homosexual, heterosexual, macho, hembra? En realidad puede serlos todos, aunque no simultáneamente. Finalmente son solo categorías de lenguaje, solo son palabras, maneras de sistematizar. ¿Cuál es el verdadero “yo”, cuál es la esencia de esta persona? Todas y ninguna. Así que eso de que la orientación sexual no es removida o alterada no es exacto, podemos jugar con nuestra orientación, es como interpretar un personaje y luego otro, y así y así hasta cansarnos de un guión y escoger otros. Obviamente esto no depende los genes, depende de innumerables factores culturales (discursivos) que, para colmo, también varían todo el tiempo. Aferrarse a la ciencia y a la naturaleza para negar el cambio y la heterogeneidad después de las ideas de Derrida es aferrarse al miedo de entender que la “realidad” es puro lenguaje, pura convención y que no hay nada natural o esencial, nada que no pueda ser removido o cuestionado. El género está disuelto porque es una convención: no hay homosexual, heterosexual y bisexual, hay todo lo que nos podamos imaginar y performar.

Si desean leer un gracioso ejemplo ilustrativo, clic acá.

Sobre la tolerancia y el respeto

25 octubre, 2010

Hace poco vi en YouTube que Slavok Zizek, el famoso filósofo y psicoanalista esloveno, decía que el discurso político de los gays actualmente se había concentrado en la tolerancia y había dejado de lado cosas más urgentes, como el respeto y la ganancia de derechos. Bueno, desde ese tiempo (será un año) le he dado muchas vueltas a esa idea y ahora se me ocurren algunas cosas.

Lo primero es que a mí la tolerancia me parece una manera hipócrita y convenida de negar la heterogeneidad, la evidente heterogeneidad. Y es que, caray, no somos iguales. En las marchas del Gay Proud de ciudades grandes en otras latitudes se ve la dimensión heterogénea de personas que se identifican como homosexuales, bisexuales y toda la gama que de por sí es bastante diversa.

Hay una serie de discursos en el Perú que tienden a homogenizar la diversidad de lo gay (noten cómo ese término “gay” es ya en sí una identificación de una comunidad diversa, heterogénea), en buena cuenta como una estrategia de lucha. Quizá la versión más pacharaca sea, a mi gusto, esa que se repite sobre “el ambiente”. Tengo ejemplos: promover la unidad en el ambiente, ser unidos entre los que pertenecen al ambiente, solidaridad en el ambiente, etc.

Desde aquí lo que yo diría es que soy homosexual, pero no me identifico con “el ambiente”. Tampoco con la tolerancia. Somos diversos, diferentes, no somos iguales. No soy igual a un chiquillo afeminado, ni tampoco soy igual que un travesti, tampoco un transgénero o un transexual. Y, de hecho, identificarme con ellos, con su diferencia, con su realidad es perjudicarme. No frecuento las discos gay, ni los saunas, ni las marchas coloridas, tampoco quiero vestirme de mujer, ni me siento una mujer atrapada en el cuerpo de un hombre. Soy un tipo común y corriente, varonil, que gusta de otros tipos varoniles.

No niego que todos tengamos que reclamar derechos, más allá de la diversidad eso es cierto. Y me parece justo que se luche por derechos. Sin embargo, aquí la cuestión es que no me interesa identificarme con personas que siento que me perjudican en la imagen que yo quiero dar sobre mi manera de ser homosexual. Planteemos el ejemplo más polémico: ir a la gay pride.  Para comenzar, no somos una unidad, no buscamos lo mismo, no tenemos los mismos gustos ni intereses. En palabras de Ben Anderson, no somos una “comunidad imaginada”. Y creo que eso le pasa a muchos gays varoniles: si le dices “Soy gay” a tu jefe, a tu familia, a tus amigos heterosexuales, etc., lo primero que les vendrá a la mente serán los personajes maricones de Carlos Álvarez, la loca Carlota o algún travesti famoso y televisivo. Me hace gracia recordar mi propio caso, cuando le conté a mi madre que yo era homosexual. La imagen pública del gay es ser loca, el “gay visible” es siempre loca, afeminado, grotesco, como en buena cuenta se muestran aquellos que van a los desfiles del  llamado “orgullo LGTB”. Identificarme con esas personas (que están en todo su derecho, por cierto), es decir, identificarme con esos otros intereses, es sabotear mi propia condición de homosexual varonil. Más allá de que en este país las marchas LGTB sean famosas por ser el lugar para encontrar “puntos”,  para mí es imposible identificarme con un gay afeminado. Sencillamente no me representa, esa no es mi marcha, no estamos en la misma lucha, diferimos en casi todo. Más claro: yo no soy como los que desfilan, yo soy diferente, no me puedo sentir orgulloso de ello, ni tolerar que me achaquen una pertenencia a esa comunidad.

Deberíamos cambiar la imagen del homosexual. De hecho, las locas, los afeminados y los travestis (y todo lo trans) representa una minoría. La mayoría somos tipos comunes y corrientes, varoniles, sin nada particular, que no necesitamos sentirnos orgullosos de nada, pues tenemos suficiente con nuestras actividades. Creo que es justo que sea la imagen mayoritaria (y no la periférica) la que nos represente (a mí y a los que pienses como yo, ojo), lo otro a mí personalmente no me parece tolerable (para mí). La imagen que para mí cuenta es la del gay que no marcha, que sigue su vida normal sin participar en un desfile con bizarros carros alegóricos de colores, pues su condición de homosexual no es de víctima, sino de alguien que puede abrir su espacio sin pertenecer a una comunidad en la que cuenta solamente demostrarse lástima los unos a los otros y ser el motivo de burla. Para que haya un cambio seguramente tendrán que suceder milagros o pasar mucho tiempo. Por supuesto, ir a marchar con un grupo que no te representa no creo que ayude demasiado.

No confundamos las cosas, no neguemos la diversidad. Yo también quiero ser respetado, quiero que mi no identificación sea respetada.


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